Zimrilin le contó todo esto paseando por las calles de la fortaleza, que a Insignificancia le parecían todas iguales, feas y cubiertas de polvo, pero de pronto los ojos del niño se fijaron en una nueva jaula, ésta mucho más grande, que colgaba de una estaca en el confín de la muralla: no encerraba ningún pájaro, sino a una persona, una mujer semidesnuda, de largos cabellos enmarañados, que se apoyaba desmayadamente sobre los barrotes...
—¿Qué es aquello? —preguntó. Zimrilin frunció el ceño. —¡Oh, no preguntes tanto, niño! —objetó, abandonando bruscamente la dulzura de su expresión—. Si quieres pasarlo bien has de ser discreto... ¿de acuerdo? El niño no estaba de acuerdo, pero asintió. Luego volvió a mirar empecinadamente a la jaula y a la mujer hasta que Zimrilin lo tomó por la mano y lo trasladó a su casa. Allí lo bañó, vertiendo sobre su cuerpo escudillas de agua de la que los soldados subían trabajosamente del arroyo, y le proporcionó prendas de vestir limpias y secas. Luego el niño se reclinó en una esterilla de junco y cerró los ojos. Zimrilin lo contempló durante unos momentos, como si fuera un pequeño milagro, como si los dioses benevolentes le permitieran gozar algo parecido a la vida familiar incluso en aquel lejano reducto de Occidente, en aquella fortaleza habitada por hombres toscos, endurecidos por la aventura y el constante peligro. Luego se marchó a sus quehaceres. Insignificancia, que sólo fingía dormir, se levantó inmediatamente e inspeccionó el exterior desde la ventana. Pero desde allí no se veía la extraña jaula, ni la extraña mujer. Sólo la casa del otro lado de la callejuela y un estrecho trozo de cielo donde apenas podía identificarse una sola constelación. Volvió a la esterilla y se preguntó una vez más quién era la mujer y por qué razón estaba encerrada, pero dejó estas preguntas para otro momento, porque se sentía fantásticamente cómodo y seguro, y esta vez, cuando cerró los ojos, fue para dormir profunda y plácidamente.
Este es un pasaje de La Piedra Resplandeciente. El dibujo es el fotograma de una animación 3D que hice para mi documental de 50 minutos KHOL (MITO& REALIDAD), sobre la vinculación de la trilogía literaria con los miros mediterráneos.
Y aquí el segundo trozo del primer capítulo de LA PIEDRA RESPLANDECIENTE.
—No te preocupes, discípulo... —lo animó con una jovial sonrisa, y añadió—: Ya verás cómo siguiendo mis enseñanzas conseguirás triunfar. Y ahora pasemos adentro, pues empieza a oscurecer y se levanta frío. Tomaremos una infusión caliente y te contaré algunas historias instructivas.
Así lo hicieron. Halli entró primero, divertido y sonriente, y Einar se arrastró tras él, cabizbajo y con el atribulado rostro rumiando confusión. Entonces Halli, sentado cómodamente en el banco corrido de piedra, se dispuso a narrar a su pupilo las mejores historias de su repertorio.
—En cierta ocasión —dijo, exhibiendo una sonrisa excitada y mostrando, por lo tanto, los grandes huecos en su dentadura—, llegué a conseguir mucho prestigio. El hijo del jefe estaba enfermo, nadie podía curarlo. Entonces, tras el fracaso de todos los curanderos, fui llamado y llevé mi tambor. Comencé a tocarlo...
«¡Brooom...!» se oyó de pronto al exterior, y el ruido sacudió la choza.
Halli miró a Einar.
—¿Te haces el gracioso? ¿Me estás imitando acaso?
El extranjero miró también a Halli, pero con ojos de desamparo. Entonces volvió a escucharse el bramido: «¡Brooom...!»: Era un trueno.
En la calva de Halli, los escasos pelos grises se pusieron tiesos.
—¡Por la Señora! ¡El rayo golpea la cúpula del cielo! ¡El rayo golpea la cúpula del cielo! —exclamó, repitiendo las palabras del conjuro.
Se precipitó a la boca de la cueva: en el exterior la luz había bajado considerablemente, una bandada de nubes se arremolinaba en el cielo, tejiéndose y destejiéndose como gordas serpientes grises, y de inmediato comenzó a llover. Halli estaba desolado.
Entonces volvió la mirada a Einar.
—¡Por las hojas de sauce! —clamó— ¿Qué has hecho...?¿Cómo has conseguido...?
Pero el rostro del viejo seguía inexpresivo. Entretanto, en la cueva, la techumbre de arenisca empezó a dejar pasar gruesas goteras por todas partes, y Halli, completamente desesperado, salió de su vivienda y desapareció en el diluvio. Jen-Karamai, gritó asustada:
—Papá... ¿A dónde vas?
—A buscar un gallo —se oyó la voz de Halli—. De lo contrario la hazaña de este desgraciado nos hará morir ahogados.
Cuando el pobre Halli regresó, estaba empapado, y sus piernas, salpicadas de barro hasta la cintura. Había robado un gallo en Tresmares, pero éste también presentaba un aspecto remojado y deplorable, y no servía en absoluto para la ceremonia propiciatoria. Finalmente, se retiró a un rincón oscuro, desde donde gruñó y maldijo durante toda la noche.
Llovió la noche entera, y el día siguiente con su noche y toda la semana, sin interrupción. Los campos no eran sino lodazales, los caminos no eran practicables, las casas de adobe de Tresmares se debilitaron y algunas se hundieron. Pero, por encima de todo, la gente comenzó a temer un nuevo diluvio y se preguntó «¿Qué hemos hecho? ¿Cómo hemos ofendido a los dioses?». Los magos se reunieron, los sacerdotes deliberaron, los ancianos discutieron. Pero las oraciones no fueron escuchadas, los ritos fracasaron, la desolación y el pavor se extendieron por toda la comarca. Y la lluvia no cesaba ni se debilitaba.
Al fin Halli fue llamado a la Casa del Humo y la Palabra, y, a la vista de tan alto protagonismo, no desaprovechó la oportunidad de salir beneficiado. Así, haciendo repetida exhibición de los huecos en su dentadura, dijo:
—En efecto, hombres ancianos y sabios, habéis hecho bien en acudir a mí, pues sólo yo, Halli el mago, puedo poner remedio al problema que nos atemoriza. Yo, el mejor mago de la aldea.
Los ancianos no creían una palabra, pero estaban asustados, y pidieron al supuesto mago que movilizara sus habilidades para salvar al país.
Una vez en su morada, indicó al extranjero:
—Mira: ya que eres tan hábil, haz el favor de devolvernos el sol.
El anciano de la barba cenicienta tomó el gallo que aún guardaba Halli. Este le recitó el conjuro y el pacífico Einar lo repitió:
«La cúpula azul brilla
la lengua de fuego abrasa el mar,
por Oriente llega la luz,
por Oriente nace el sol».
Ejecutó al tiempo todos los detalles del ceremonial, y al instante cesó de llover. Al asomarse al exterior, vieron cómo las nubes clareaban, se disgregaban y, finalmente, desaparecían. Un radiante y cálido sol llenó de luz el paisaje y el mar se calmó.
Halli no sabía si debía estar enfurecido, feliz o simplemente atónito. Era evidente que el vejestorio estaba investido de un poder mágico inimaginable. Pero ¿quién era? ¿De dónde había venido? ¿Cuánto tiempo más aparentaría ser un imbécil? Y, mucho más importante... ¿cómo podría Halli usar aquel poder en su provecho?
Para su contento, pronto llegó a su casa una comisión de tres ancianos con el objeto de felicitarle y expresar el agradecimiento de la aldea.
Halli contestó con palabras que querían aparentar humildad y lo conseguían escasamente. Los ancianos se retiraron pronto, pero, cuando ya subían la pendiente, de vuelta a la aldea, uno de ellos se volvió y le preguntó:
—¡Ah, Halli! ¿Qué tal tu discípulo? ¿Has conseguido algo de él?
Halli, sin inmutarse, respondió con el mayor cinismo:
—No, no... ni es capaz de traerme una rana del río... es muy torpe.
El anciano se quedó un momento pensativo y añadió:
—Bien... es sólo cuestión de paciencia.
—Sí, lo es —concluyó el pícaro mago—. Confiad en la virtud del buen Halli. Yo haré de él un ciudadano digno... siempre que antes no muera de aburrimiento...¡o de viejo! —añadió, y se rió de forma ruda y estentórea.
Pero su alegría duró poco. La fuerza del sol era excesiva y el calor se hizo agobiante. Las plantas se quemaban, los niños de pecho no podían respirar, las gaviotas se asfixiaban y el país estaba de nuevo en peligro.
Los ancianos, más bien soliviantados, volvieron por tanto a presentarse en la playa Hertedaun.
—Halli... ¿no te has excedido en tu conjuro? —dijeron—. Líbranos de tanto calor, pues de otro modo moriremos.
Halli, mirando a todos lados y a ninguno, trastabilló:
—Ejem... sí, lo haré como queréis. Estaba abstraído en mis meditaciones y sólo ahora que lo decís me doy cuenta de que no he... medido mi fuerza.
Tan pronto como la comitiva desapareció, se dirigió al anciano Einar y le espetó:
—¡Menudo problema me has causado! Y ahora... ¿qué crees que debo hacer? ¿Cómo vas a parar esto, bruto?... ¡Deja de hacerte el tonto o me enfadaré de verdad!
El extranjero no habló. Se levantó y caminó irregularmente hasta el arroyo en busca de una rana. Otra vez se escucharon los chapoteos y sus caídas. De nuevo cayó con gran estrépito y regresó totalmente mojado, pero en esta ocasión sostenía en sus manos, como un brillante trofeo, una rana verde, y sus ojos brillaban con un júbilo infantil.
Entonces vertió agua sobre el animal y volvió a recitar el conjuro. Halli dirigió una sombría mirada al cielo... ¿Vendría otra estación lluviosa? Pero el extranjero tomó del hogar una ramita de fuego y la esgrimió delante de la rana, susurrando unas palabras que Halli no llegó a entender.
Al poco tiempo unas nubes blancas vinieron del mar, se levantó la brisa y el sofocante calor había desaparecido.
—¡Este truco es nuevo! —chilló Halli— ¿Cómo lo has aprendido?
Y como Einar se encogió de hombros, el mago se exasperó y comenzó a zarandearlo y a lanzar maldiciones contra él y su tranquilidad.
Pero de pronto se quedó parado, con la mirada fija en un punto detrás de Einar. Soltó la presa y relajó sus crispadas facciones. Igarka había vuelto.
Cuando era más joven, Halli había llegado a ostentar mucho prestigio entre los brien, pero había cometido una grave falta y por esto había sido expulsado de la aldea y vivía en la playa Hertedaun. El pecado consistió en repudiar a su esposa para unirse con una mujer torva y extraña, una extranjera que había llegado a Tresmares unos años atrás, embarcada en una de las naves que exploraban las costas de Hesperia.
La extranjera se cubría con un manto oscuro, y sus ojos se abrían en unas como cavernas que había bajo sus cejas. Decía ser sacerdotisa de un reino muy lejano llamado Ispahan, y había estado unida al célebre Perk, el jefe de los guerreros de las islas del mar, aquellos hombres de aviesas intenciones que frecuentaban las costas brien y tanteaban a las aldeas intentado asentar colonias.
Al desembarcar, y por motivos oscuros, ella abandonó a Perk y buscó la amistad de los brien, hasta que impresionó —y al decir de muchos, embrujó— al apasionado Halli e hizo que repudiase a su mujer brien, que más tarde murió en extrañas circunstancias. El Pueblo nunca se lo perdonó.
En cuanto a Igarka, los brien toleraban su presencia, pero bajo una manifiesta hostilidad, porque temían que fuese una enviada del rey de aquel supuesto reino de Ispahan, una enviada encargada de sonsacar a los brien sus secretos, el emplazamiento de los grandes yacimientos de metales, y, sobre todo, el de la Montaña del Cielo, el lugar santo de los brien.
La mujer tenía un nombre impronunciable y por eso le dieron uno, y a causa de su torvo aspecto la llamaron Igarka . Y permitieron que conviviera con Halli en su destierro de Hertedaun, pero no que hiciera correrías por el país, ni mucho menos que se acercara al lugar sagrado.
Pero ella se las arreglaba para ir y venir a su antojo. Decían que podía convertirse en ave nocturna o en animal del bosque, y de hecho se ausentaba a menudo, pero tan sigilosamente que nadie la vio nunca fuera de la playa Hertedaun.
Pronto volvieron los ancianos para agradecer el nuevo servicio de Halli. Le trajeron un cerdo, pasteles, un collar de cuentas marinas y otros regalos. Y cuando se fijaron en Einar el tranquilo, que, en honor a su apelativo, estaba en un rincón, recibiendo baños de sol y con la mirada fija en un punto indefinido del horizonte, se interesaron de nuevo por él.
—El viejo parece tonto, pero es listo —contestó diligentemente Halli—: Ya sabe que «lluvia» significa «lluvia» y «sol», «sol».
—Eso no es mucho —dijo uno de los ancianos—. Debería aprender más rápido. Queremos examinarlo dentro de un mes para comprobar sus progresos. De lo contrario tendremos que retirarte la tutela.
Halli quedó preocupado. El náufrago tenía algún tipo de poder incontrolado y él debía velar para que permaneciera incontrolado y también para que Einar no aprendiera a hablar ni hiciera más progresos. Sólo así podría aprovecharse de su magia y hacerla pasar como propia.
Pero no sabía cómo hacerlo. Si el viejo no aprendía a hablar el consejo le retiraría la tutela, y otro en su lugar le enseñaría y revelaría a todos sus trucos y falsedades. Halli regresaría al último escalón de la categoría de los magos y no podría soportar la vergüenza. Pero si Einar aprendía a hablar, se emanciparía y podría contarlo todo.
Entonces se le ocurrió algo realmente brillante y perverso.
—Hijo mío —le dijo—, no sé quién eres, pero me he decidido a ayudarte y te voy a enseñar a hablar. Todos los días de la próxima lunación los dedicaremos a que aprendas nuestra bella lengua.
Y para demostrar que su incapacidad de aprender era debida a alguna deficiencia y no a la culpa del maestro, le enseñó un vocabulario por completo trastocado, donde «luna» significaba «perro», «arco» significaba «manzana» y así sucesivamente. De este siniestro modo alteró todas las palabras del idioma y confundió a Einar de tal manera que al poco tiempo éste hablaba la jerga propia de un loco.
Al cabo de un mes, según había quedado dicho, Einar hubo de ser presentado en la Casa del Humo y la Palabra. Los dos emprendieron muy temprano el camino de la aldea y, una vez allí, se personaron ante los hombres ancianos y sabios y Halli solicitó el uso de la palabra:
—El extranjero quiere mostrar su agradecimiento por haber sido acogido favorablemente en nuestra comunidad —anunció satisfecho.
Einar, efectivamente, se adelantó y, atropelladamente, dijo con sus acostumbrados sonidos guturales:
—Escarameo archidoncio ordentucio.
Los viejos no reaccionaron y se miraron unos a otros con desconcierto.
—Por favor, habla más claro —dijo Halli.
Einar, por tanto, añadió, a modo de explicación:
—Es por vuestro marítimo alcornoque, por tanta hierba nostálgica. Por los nudos de tantos cangrejos verdes.
Un viejo se agitó entonces y gritó:
—¡Albricias! ¿Acaso has hecho de él un poeta?
—No —contestó Halli felizmente—: Está loco.
—Estoy encargado por haber movilizado vuestro vigoroso bigote con mis rasposas almejas —terció Einar.
—Sí, está loco —admitió un anciano, y los demás asintieron con un murmullo de aprobación.
Halli no cabía en sí de gozo. Aquello era su consagración y quiso regodearse:
—Hombre, di algo para despedirte.
—No tengo menos que escarbar. Quedo a vuestro encinar tercamente recogido y si recabáis algún tocino no dudéis en bañaros en follaje... —y añadió, a modo de remate—: ¡Trapimendas Landrucurvas!
—Gracias, gracias —murmuraron todos a coro, e hicieron señas indicando que el examen había terminado.
Entonces alzó la voz el sufrido Barni, y dijo gravemente:
—Halli el mago, aunque este hombre es un inútil y sin duda una carga para ti, los hombres ancianos y sabios te piden que te quedes con él algún tiempo más, hasta que podamos decidir su destino.
Halli, después de una teatral tosecita, descompuso un poco el gesto y dijo en tono declamatorio:
—Venerables autoridades: ved a este pobre hombre... Necesita a un amigo, a un padre. No puede valerse por sí mismo, pues seguramente su cabeza fue golpeada por la coz de una cabra el día de su nacimiento. Pero me he encariñado con él y os pido que me permitáis liberar a la comunidad de esta carga empleándolo a mi servicio. Conmigo no le faltarán comida y calor, y me ayudará marchando al monte a coger hierbas y haciendo para mí otros encargos menores, lo único al alcance de su despreciable intelecto.
—¡Cuánta generosidad! —exclamó Barni con auténtico alivio—. En verdad te concederemos lo que pides con mucho gusto. Ve en paz y da cobijo a este infeliz.
Halli el mago saludó por última vez y se marchó muy alegre, seguido de cerca por el hombre. En el poblado, según la costumbre brien, comenzaba a escucharse la música de innumerables instrumentos de viento. Así, haciendo música, rezaban los brien todos los días en la hora del crepúsculo, porque de esta manera creían contribuir a la armonía del mundo.
Halli caminaba silenciosa y ansiosamente, rumiando sus planes. Pero cuando estaban a mitad del camino, el tranquilo Einar se dirigió a él:
—Halli.
—¿Qué quieres pupilo? —preguntó el mago, extrañado porque el extranjero no solía pronunciar su nombre.
Einar carraspeó y luego preguntó en perfecto y fluido brien:
—¿Por qué me has hecho hablar así delante de los ancianos? ¿Es que el idioma que me has enseñado es algún lenguaje sagrado?
Halli se quedó inmóvil, como si un invisible poder lo comprimiese contra el suelo. Dejó caer la vara en que se apoyaba y miró al anciano Einar con ojos muy abiertos.
—¡Por los pozos sagrados! ¡Si puedes hablar! ¡Puedes entender! ¿Cómo has ligado esas palabras?
—Jen-Karamai me ha enseñado —replicó Einar sencillamente.
—Entonces... entonces, ¿por qué aprendiste el idioma que yo te...?
El viejo respondió con una exasperante naturalidad.
—Tenías tanto interés... Me daba pena por ti. Has sido amable conmigo, me has cuidado... ¿por qué no iba a complacerte?
Halli, cuya irritación iba creciendo, chilló:
—¿Y por qué no me has hablado antes correctamente?
Einar, con un gesto de abulia, respondió:
—Porque te dirigías a mí como un retrasado. Nunca me has preguntado nada.
Halli cogió su báculo y, para exteriorizar su rabia, lo partió en dos con la rodilla. Después bramó dos o tres blasfemias y entonces gritó:
—Bien, ya que puedes hablar, dime ahora mismo quién eres tú.
—¡Por la ciudad de las hadas! ¡Yo también quiero saberlo! —respondió Einar.
El pobre Halli, cuando vio que el viejo remedaba sus juramentos, fue presa de un ataque de histerismo:
—¡Desaparece de mi vista! —gritó— Corre al monte y trae albahaca en abundancia... Y no converses con nadie... ¡Nadie debe saber que puedes hablar! ¿Podrás complacerme en esto?
Einar, el indolente e inexpresivo Einar, esbozó de nuevo un cansado encogimiento de hombros y se marchó. Halli el mago se refugió en su cueva de Hertedaun dispuesto a trazar un nuevo plan, porque el viejo era más listo de lo que pensaba.
Halli se quedó esperando al viejo todo el día y toda la noche, pero no volvió. Entonces temió una traición, se asustó y corrió a Tresmares.
Llegó al poblado bien entrada la noche, levantando los brazos y dando grandes chillidos.
—Favor, favor... ¡El extranjero ha enloquecido!
—¿Qué te sucede, Halli? —le preguntaron.
—¡El anciano que vino del mar, el que me servía como asistente, ha sido presa de un ataque de nervios y anda por los montes corriendo y chillando de forma semejante a un loco...! ¡No creáis sus palabras, pues me aseguró que vendría aquí para calumniarme!
—Pero Halli, si ese hombre es incapaz de expresarse ¿Cómo podría calumniarte?
—En... en su torbellino de locura —trastabilló Halli— acierta a decir frases que parecen coherentes.
—Tranquilízate, no ha venido por aquí.
Halli se quedó muy quieto y su frente se surcó de profundas y pesadas arrugas.
—Entonces... entonces... ¿A dónde se ha marchado? —murmuró como para sí, echando una ojeada a la oscura montaña.
Y aquí está el prometido capítulo primero de LA PIEDRA RESPLANDECIENTE, pero en dos partes, porque de una vez no cabe.
Capítulo I
El extranjero
«Lene Nor Ajurai mo kaar stere
anar anafarai
Lene More Dilbai
kaar mo almere berar»[3].
Halli era un hombre pequeño y vivaz. Su cabeza medio calva dejaba pasear largas y solitarias hebras grises y, aunque próximo a la vejez, sus ojos siempre estaban alegres. Junto a él, su hija pequeña, Jen-Karamai, se entretenía en la proa de la pequeña embarcación mirando las aves marinas[4].
De pronto, a un tiro de piedra mar adentro, vio una especie de tronco que flotaba a la deriva. Se quedó mirándolo fijamente, mientras el viento esparcía en desorden sus escasos cabellos.
La cosa era más bien rara, pues los brien aprecian mucho la madera y no se desharían de un tronco fácilmente. Por lo tanto, decidió remar acercándose hasta que pudo verlo con claridad.
Se trataba de un tronco del largo de un hombre adulto que debía llevar muchos años a la deriva, pues se encontraba completamente cubierto de mejillones.
Halli el mago, sin dejar de canturrear, frunció el ceño y mientras discurría decidió comerse algunos mejillones. Al hombre le gustaba hablar solo:
—¡Ah! —exclamó—. Halli es un mago viejo y los dioses lo han favorecido con un regalo para que él y su preciosa hija no pasen hambre.
Halli se tragó dos o tres: ¡Hum! sabían bien... En tanto decidía qué era aquello, bien podía arrastrar hasta su cueva el vivero que lo recubría. Lo fondearía en la playa y tendría una reserva de provisiones... ¡Vaya suerte!
Pasó sobre el tronco, con gran dificultad, una lazada de esparto trenzado y lo remolcó con costosos golpes de remo hasta la playa, en cuyas reposadas aguas lo fondeó.
Halli vivía en una cueva en el centro de la playa. El mismo la había excavado con un cuchillo de sílex, aunque se había cuidado mucho de publicar que para ello sólo había usado conjuros mágicos, pues era, por así decir, una especie de mago farsante. Se introdujo en su hogar y regresó con un hacha de piedra para arrancar los moluscos.
Conforme la madera iba quedando al descubierto, Halli el mago se iba convenciendo de que no pertenecía a aquellas tierras. Pasó su mano por la superficie, la mojó para verla mejor, y llegó a una conclusión.
—¡Por la Montaña del Cielo! —exclamó—. Si es una acacia.
Conocía las acacias por sus muchas correrías y sabía que no se las podía encontrar cerca de Tresmares. Entonces la golpeó con los nudillos, y súbitamente el pelo se le erizó en la nuca: el tronco estaba hueco ¿Acaso le era enviado un tesoro? ¿Quizá la Diosa lo quería favorecer remitiéndole libros de sabiduría?
No, no. Seguramente era un tronco hueco y reseco sin más. Pero ya no pudo descansar hasta abrirlo. Para esto, primero lo impulsó suavemente hasta la orilla, donde lo dejó varado. Entonces, ya sin canturrear, comenzó a golpear la vieja acacia con su hacha de sílex.
El tronco se abrió fácilmente en dos mitades, como si éstas hubieran sido un día unidas y selladas, pero lo que vio Halli le paralizó el corazón.
Allí había un difunto, un hombre inmóvil con los brazos cruzados sobre el pecho, con raídas ropas y una barba tan larga que le llegaba a los pies. Halli observó que no respiraba.
—¡Un muerto! ¡La Diosa me envía un muerto! —chilló, con el cabello erizado.
Entonces reparó en su hija. La niña no debía presenciar tales cosas.
—Ven, Jen-Karamai, vamos adentro —le dijo a la niña, sujetándola nerviosamente, y añadió, lanzando una mirada aprensiva al bosque—: ¡Ojalá estuviera aquí Igarka! Ella sabría aconsejarnos.
Halli permaneció unos momentos abrazado a su hija en la segura penumbra del interior, sin atreverse a salir ni a tomar decisión alguna.
—Papá —dijo la niña— ¿Qué haremos con ese hombre? ¿Quieres que vaya llamar a los ancianos?
—¡No, por la ciudad de las hadas! ¡Tendremos que enterrarlo!... —comentó Halli, y añadió, reflexivamente—: No creo que deba dar cuenta a los ancianos. El suceso es muy extraño y podría traerme complicaciones. Podrían acusar al buen Halli de tramar algún plan para ganar notoriedad. Incluso podrían culparme de haberlo matado —añadió, mientras su frente se llenaba de arrugas.
Afuera se oyó un crujido y los ojos de Halli se dilataron de espanto y sus manos se crisparon. No se atrevió a moverse, pero su mirada no se apartaba de la cortinilla de junco que daba entrada a la casa. La niña se agazapó en sus piernas y permanecía como una estatua, con sus grandes ojos negros muy abiertos.
Halli murmuró una plegaria en voz muy baja:
—¡Oh! ¡Señora de la Luna! Ruego que sea mi amigo Skal, que viene en busca de pescado.
De pronto, la cortinilla se corrió y una silueta apareció en el umbral.
—¿Skal? ¿Eres tú? —dijo Halli con la voz deformada por el miedo.
El recién llegado gruñó y dio un paso adelante. Padre e hija chillaron al unísono al ver que el viejo de la acacia acababa de resucitar[5].
Halli recobró la compostura cuando vio que en los ojos del anciano sólo había confusión. De pronto, se acordó de un conjuro protector y chilló:
«Te herne, bo fane hernejarkhorai
Is bo karer hernerai!
Uru Dorai stamai!
bo te urulu um sonala unda te herne!» [6].
El extraño se asustó, dio un paso atrás, se pisó la barba y cayó de espaldas.
—¿Está muerto? —preguntó Jen-Karamai.
Halli el mago inspeccionó al hombre: no, no había muerto, pero era incapaz de levantarse. Parecía el colmo del desamparo y la ruina y, con gran alivio, decidió que no debía temerle, sino compadecerse de él.
Así pues, lo ayudó a levantarse y lo reclinó en un asiento, donde quedó por completo desmadejado y con la mirada atravesada por la sorpresa.
—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? —preguntó el mago.
Pero del anciano sólo sacaban gruñidos. Al parecer no sólo desconocía el idioma brien, sino también cualquier otra lengua.
Y Halli el mago hizo lo único que podía hacer: Tomar al hombre del brazo y llevarlo a la aldea, donde los ancianos decidieran qué se haría de él, pues no podía consentir que su buen nombre cayera en entredicho por un suceso tan sospechoso.
Inmediatamente se pusieron en camino por la orilla de las playas, espantando con su paso el descanso de las aves marinas, que abrían vuelo en bandadas. También se cruzaron con dos o tres grupos de chiquillos de la aldea que iban a las calas de aguas claras en busca de erizos y que, al fijarse en el extraño aspecto del anciano, cambiaron de idea y siguieron a la pareja como una escolta chillona y preguntona.
Al cabo de un tiempo se acercaron por el margen de una larga y última playa hasta un peñón rocoso que se introducía en el mar. Era el Peñón de la Tarde, uno de los dos grandes arrecifes que guardaban la bahía de Tresmares, y desde su altura brotó inopinadamente un grito. Halli contestó con otro semejante, y al fijar sus ojos pudo distinguir a un hombre semidesnudo y pintado de azul que lo saludaba desde la cima. Era el vigía del peñón, que guardaba la seguridad de la aldea.
La aldea de Tresmares estaba situada también a la orilla de una gran playa, en una bahía bordeada por los dos peñones[7]. Sus chozas de adobe, ramaje y piedras, eran redondas y resaltaban en el paisaje como una explanada llena de setas. Las correrías de los niños y el humo que se alzaba de los hogares y los hornos proporcionaban una agradable sensación de seguridad. Apoyadas al costado de las chozas se secaban algunas pieles y por todas partes colgaban calabazas llenas de agua o grano. En los bordes de la aldea y junto a la orilla del mar, había grandes hileras de pescado colgado, ahumándose sobre fuegos alineados.
Allí llegó Halli, y causó sensación con su entrada en compañía del anciano, pues nunca se había visto un extranjero en el país, tanto menos uno tan estrafalario como aquél. Así que hombres y mujeres siguieron a Halli y al anciano.
La comitiva se presentó delante de la vivienda del más noble de los ancianos, y gritó:
—¡Sal y escúchame, Oh Barni el venerable[8], pues traigo ante ti un prodigio!
El venerable se mostró ante Halli. Se trataba de un hombre de avanzada edad, vestido con un taparrabos de cuero más bien raído y adornado con pendientes de conchas marinas y un estropeado pectoral de arcilla. Empuñaba una rama de árbol que los brien llamaban «la vara que cura», un palo de fresno con propiedades mágicas. El hombre se quedó perplejo al ver al náufrago. Había vivido, desde luego, muchos años, pero nunca había visto cosa igual.
—¿Qué es eso que traes aquí, Halli «El apartado»?
—Venerable... ¡Por la montaña azul! Se trata de un hombre que no está vivo ni muerto... O más bien un viejo que, pese a su mucha edad, aún tiene un impertinente aprecio a la vida y acaba de resucitar delante de mi casa.
El gentío que se había reunido alrededor de Halli estalló en risas, y a Barni se le escapó una mueca de suspicacia.
—¿No vendrá a robar la Montaña del Cielo? —preguntó.
—No lo creo —respondió Halli—. Parece débil y completamente despistado. Te ruego que reúnas a los ancianos y sabios para que decidan qué ha de hacerse.
Barni no dijo nada. Se introdujo en su vivienda, y afuera nadie se movió, porque sabían que estaba sucediendo algo importante. Al cabo de un rato el jefe volvió a salir, con el cuerpo azul y la cara pintada con una pasta hecha a base de hormigas machacadas. Era la pintura ritual que daba paso a la acción: para los jóvenes, la guerra o la caza; para los ancianos, las decisiones de la Casa del Humo y la Palabra.
Así fue. Barni reunió a los más viejos en una gran choza algo apartada, donde se reunían desde tiempo inmemorial los brien más ancianos y expertos, fumaban hierbas secretas y observaban los movimientos del humo para obtener inspiración. En las paredes de la choza colgaban las mandíbulas de los antepasados, de las que también se esperaban consejos útiles.
Al término de las deliberaciones y tras muchas consultas, los hombres ancianos y sabios salieron de la Casa, y el venerable Barni tomó la palabra para expresar su dictamen:
—¡Por la verdad y por la Montaña del Cielo! Los ancianos de Tresmares dicen que este viejo ha sido enviado como una señal, pero no podemos saber qué es lo que anuncia. Nuestro consejo es que Halli el mago, que ha sido favorecido por la diosa con el hallazgo de hoy, se haga cargo de este extranjero y lo enseñe a hablar el brien. Los ancianos de Tresmares otorgan hoy un nombre a ese personaje. Entre nosotros se llamará simplemente Einar[9].
Entonces Halli, halagado, habló así:
—Señores ancianos y sabios: acepto la responsabilidad que hoy me otorga Tresmares y el consejo que custodia la Montaña del Cielo. Halli el mago promete servir humildemente a este fin, y desempeñar con lealtad lo que hoy se le ordena... ¡Que caigan los muros de la ciudad de las hadas y que la Montaña del Cielo sea enterrada si no soy un maestro digno!
El hombrecillo estaba radiante. Quizá obtendría algún beneficio de la empresa y en el peor de los casos, tendría a su disposición a un diligente criado.
Entretanto el viejo, que en efecto parecía volver de una larguísima muerte, aún no parecía haberse instalado en la vida. Su mirada asombrada daba la sensación del más desolador extravío. Sus facciones eran inexpresivas y despertaban la compasión.
Pero esto no contuvo la euforia de Halli, y así fue como el mago, con sus impacientes pasos, y el viejo, con sus torpes movimientos, se retiraron hacia Hertedaun, la playa en forma de herradura donde Halli vivía apartado de todos, dedicado a la pesca y a los hechizos, y entregado a la crianza de su hija y al amor de una extraña mujer, la extranjera a la que llamaban Igarka.
Una vez allí, Halli se dirigió al recién bautizado Einar[10]en términos solemnes:
—Bien, querido Einar —dijo—. Serás mi huésped y mi pupilo. Te prevengo, sin embargo, de que mi magia es poderosa y, si por casualidad trataras de sorprenderme, si fueras tú un espíritu encarnado, has de saber que el viejo Halli siempre está alerta.
El anciano no cambió su expresión.
—Vamos —dijo entonces Halli enérgicamente— ¿Ves cómo los alrededores de la cueva están sucios de restos de pescado? ¡Límpialos!
El viejo no movió un músculo. No parpadeó, y Halli se sintió molesto por su mirada fija. Empezaba a convencerse de que no podría usarlo como criado.
—¡Antes debe comer! —intervino Jen-Karamai.
Halli la miró furibundo y elevó la voz:
—¡Ya es un gasto y no aporta nada!
Y como veía que no sacaría nada del viejo, resopló y desapareció para consolarse en sus quehaceres. La niña, sin hacer caso a su padre, hirvió un poco de pescado, le retiró las espinas cuidadosamente y lo machacó hasta hacer una pasta. Entonces ofreció al anciano esta papilla repitiendo:
—¡C-o-m-i-d-a! Esto es comida.
El viejo comió, y por primera vez en aquel largo día la expresión vino a su rostro. Y para demostrarlo, repitió sorda y guturalmente:
—Co... mi... da.
La niña se sintió orgullosa, y en adelante asumió la tarea de enseñar al pobre Einar el idioma brien. Halli volvió a sus actividades habituales y se desentendió del anciano, y así pasaron las semanas hasta que éste había aprendido unos simplísimos rudimentos del idioma, que Halli consideró suficientes para darle órdenes. A partir de entonces fue su fiel esclavo.
Un día, pensó que en todo mago tener un discípulo era una nota de distinción, y quiso enseñarle unos trucos mágicos.
—Ahora te enseñaré cómo hacer hechizos —le dijo—. Verás, hace tiempo que no llueve. Para conseguir atraer la lluvia en primer lugar hay que valerse de un animal que participe de la naturaleza del agua... ¿Se te ocurre alguno? —Einar lo miró con ojos vacíos—. Bueno, una rana —dijo Halli, carraspeando—. En segundo lugar es preciso bañar a la rana con agua y entonar determinados cánticos propiciatorios. Este procedimiento, de apariencia sencilla, es muy poderoso si se repite durante nueve días. Entonces empezarán a formarse nubes en el cielo y acabará lloviendo[11].
Para ilustrar sus enseñanzas, Halli procedió a ejecutar cuanto había dicho. Tomó la rana, practicó todos los gestos necesarios, y recitó:
«El cielo se vuelve negro,
el hacha de rayo golpea la cúpula,
en la espesura cae la lluvia,
el agua baja por las laderas,
el agua es un torrente ruidoso».
Al repetir la ceremonia insistentemente durante los días sucesivos, vieron cómo las nubes del cielo aumentaban hasta que, al término del noveno, una fina llovizna pareció caer. Entonces los ojos del mago se volvieron saltones como los de un pez y, lleno de orgullo, exclamó, alzando sus renegridas manos hacia la lluvia:
—¿Lo ves? Si se repite la ceremonia guardando todas las prescripciones se conseguirá esta excelente lluvia... Del mismo modo, si deseas alejarla, has de tomar un animal solar. Por ejemplo, un gallo, y depositarlo en el centro de cuatro fuegos. Después pronuncias el conjuro... ¿Qué te ha parecido? [12].
Einar emitió el gruñido inexpresivo que Halli ya conocía. Este compuso un gesto benevolente y ansioso:
—¿Te consideras capaz de intentarlo? —preguntó.
—No —acertó a murmurar el hombre.
—¡Debes probar! —insistió Halli, y añadió, mintiendo teatralmente—: Considero que puedes ser un buen mago, pues, a pesar de tu boba expresión, tus ojos delatan un cierto talento, y me apenaría dejarte de simple criado.
El hombre volvió a gruñir en sentido negativo.
—Bien, discípulo —insistió Halli sin hacer el menor caso—, ahora debes procurarte una rana: tu primera misión consistirá en ir al río a buscar una.
El río estaba cerca. El viejo, con rostro de inequívoco escepticismo, se levantó y se alejó con temblorosos pasos, desapareciendo entre los juncos. Halli escuchó sus chapoteos y caídas. «Qué hombre más torpe —pensó—. Nunca sacaré nada de él».
Entonces escuchó como si una gran piedra cayera al fondo del agua, y al poco tiempo Einar apareció de vuelta, completamente empapado. Halli iba a preguntar por la rana, pero al momento se oyó un fuerte croar y un enorme ejemplar salió despedido de entre los vestidos del anciano, y saltó alegremente buscando de nuevo el río. Maestro y discípulo persiguieron la rana hasta capturarla y la depositaron en el lugar adecuado.
—¡Por las hojas de sauce! Eres todo un cazador —exclamó Halli el mago con tono de diversión, mientras daba palmaditas en la huesuda y frágil espalda del anciano[13].
Einar compuso un gesto afectado y emitió unos gruñidos de modestia, como dando a entender que la rana se le había colado en la túnica, y acto seguido procedió a ejecutar la ceremonia mágica, vertiendo cerveza sobre la rana al mismo tiempo que pronunciaba de pura memoria las palabras mágicas. Halli advirtió que la entonación no era la adecuada pero que, como todo hombre sabio, debía ser paciente.
El anciano Einar concluyó y de inmediato miró al cielo. Halli miró también: no sucedió nada. Halli miró entonces al viejo y le sonrió.
Os pego aquí la introducción de LA PIEDRA RESPLANDECIENTE (especialmente para los amantes de la música, el destino y el misterio) y un previo llamado LA CASA DEL HUMO Y LA PALABRA. A continuación de la portada están los datos de ISBN y todo eso.

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Este libro ha sido impreso en papel ecológico en cuya elaboración no se ha utilizado cloro gas.
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© José Ortega Ortega, 2001
© Editorial Fundamentos, 2001
En la lengua española para todos los países
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E-mail: fundamentos@editorialfundamentos.es
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Primera edición, 2001
ISBN (Editorial Regional de Murcia): 84-7564-217-9
ISBN (Editorial Fundamentos): 84-245-0899-8
Depósito Legal: M-
Impreso en España. Printed in Spain
Composición Francisco Arellano. Asterisco
Impreso por Omagraf, S. L.
Diseño de cubierta: Paula Serraller
Azar o destino Cuando en 1.996 fundé mi propia productora y necesitaba darle un nombre, también fui a buscarlo a las páginas de Gilgamesh y la muerte, y también elegí el de Lugalbanda. Después de que todo esto sucedió, yo me enteré de lo de José Luis y él se enteró de lo mío. El grupo Lugalbanda hace una música de raíces celtas cuya emotividad y belleza no puede expresarse con palabras. Recientemente he dirigido una serie de diez episodios de cine documental para TV, sobre mitos mediterráneos. Uno de ellos, que lleva por título En busca de la inmortalidad, es una dramatización con actores y efectos especiales, del propio poema de Gilgamesh. Está filmada en parte en Aguilas, y en el papel de Gilgamesh intervino José Rodríguez, otro aguileño castizo. En el episodio he utilizado como fondo musical el tema Lugalbanda. No por cerrar ningún círculo, ni para forzar las coincidencias, sino simplemente para aprovecharme de su belleza. Mientras escribo estas líneas caigo por primera vez en la cuenta de que en La Piedra Resplandeciente aparece un grupo de tres músicos que toca al atardecer una melodía cautivadora. Los tres músicos son brien (hombres azules) que proceden de la aldea de Tresmares, en Hesperia (Un trasunto de la villa de Aguilas). A la vez, la cultura brien está ambientada en la cultura celta, de donde cabe esperar que su música fuera también una música de raíces celtas. Y, por fin, el fundador de aquella cultura había sido justamente el dios Lugalbanda. No escribí esa parte de la historia influido por la existencia previa de los tres músicos locales que hacen música celta, puesto que la acabé en 1.991, mucho antes de que naciera el grupo. Más bien parece que haya sido al contrario, como si los hechos posteriores se hubieran limitado a confirmar lo que ya estaba escrito. Pero, al mismo tiempo, todo lo que escribí sobre Aguilas y sus posibles mitos y sus lugares mágicos durante la Edad del Bronce no nació de la nada, sino de una semilla depositada en 1.986, sin prisas, por Lorenzo Hernández Pallarés, otro aguileño impresionante, cuando me llevó a ciertos sitios y me contó ciertas cosas, que están solo insinuadas en el prólogo de El Príncipe Pálido. A partir de 1.988 me dediqué a hacer en Aguilas una extensa colección de fotografías de modelos vestidos al modo de la Edad del Bronce. Hombres con túnicas al borde de acantilados como los del Cabezo Negro, mujeres semidesnudas con el cuerpo bañado en aceite, en el interior de cuevas como las de Cala Reona. Al ver las fotos, era imposible no ponerse a imaginar la biografía personal de aquellos personajes, y así fue como les di un nombre y una historia: Aranai-Aranai (= Gacela-Gacela), la joven forzada a vivir su infancia oculta en el interior de un túmulo funerario (a imitación de la irlandesa Deirdré); Jen-Karamai (= Ala de Golondrina), la hija de Halli el mago, que daría a luz al héroe local; Idar Dorainn (=La Plenitud de la Diosa), el joven que arrebató a los hombres de bronce el secreto de la metalurgia. Las fotos y las biografías se transformaron en un documento llamado Informe sobre los brien ondai (los hombres azules), la semblanza ficticia de una cultura histórica, en la que incluí las trazas de un idioma con un vocabulario y una gramática rudimentarios. No pasó mucho tiempo hasta que los personajes entraron en conflicto, las historias se ensamblaron unas a otras, y así nació La Piedra Resplandeciente. Una ficción nacida, como vemos, de la realidad. Curiosamente, el proceso es el inverso del que se sigue en el cine. Allí, uno imagina un personaje, un paisaje y una situación, y todo ello —con suerte— llega a convertirse en una realidad que se ve y se toca. Unos personajes le dan carne y sangre a lo que no eran más que ideas en la cabeza de alguien, y un director de fotografía se ocupa de que la atmósfera sea la que ese alguien había imaginado. En este caso, en cambio, los personajes reales, que podían verse y tocarse, fueron primero, y de ellos nació la historia. En unos aspectos, entonces, en La Piedra Resplandeciente (como en El Príncipe Pálido), la realidad y la ficción mantienen, por así decir, un diálogo amistoso. En otros, como el de las coincidencias en torno al nombre Lugalbanda y a la existencia de los tres músicos, la inspiración parece haber completado un viaje de ida y vuelta: Aguilas me inspiró estas novelas, y un músico de Aguilas se inspiró a su vez en ellas, aunque fuera en parte, para escribir uno de sus mejores temas. De todos modos, con esto no devuelvo a Aguilas más que una parte muy pequeña de lo que he recibido de ella.
La casa del humo y la palabra —¡Ancianos nobles y sabios! Éste es mi relato: Esta mañana me he internado cerca de la Yegua Blanca en busca de caza para mi familia. Cuando estaba acercándome a un ciervo he oído un ruido y me he detenido en seco. En seguida he visto algo que me ha dejado paralizado: un hombre de pelo rizado, tez morena y larga barba. Me horroricé y pensé en un extranjero. Nos hemos quedado mirando de modo desafiante y entonces, como tenía el arco preparado, le he disparado una flecha. El hombre calló y Barni le animó a continuar. —Explica qué pasó entonces. —Acerté al hombre, pero... pero la flecha rebotó en su pecho, como si fuera de piedra... No le afectó lo más mínimo. —¿Es eso cierto? —preguntó el hechicero Mi Día es Gris. —¡Lo es, por la memoria de Borr Hoja de Sauce! —respondió el apesadumbrado hombre y añadió—: El vestido o la piel del hombre era rojiza y brillante. El cazador recibió permiso para marcharse, y la Casa del Humo y la Palabra quedó sumida en un silencio pesaroso y desorientado. Las vaharadas de las hierbas aromáticas ascendían de los recipientes donde se quemaban, sin que nadie se atreviese a pronunciar la primera palabra. —El joven miente —dijo un anciano al fin. —Creo que los dioses han venido —añadió otro. —Yo pienso que la felicidad de Hesperia ha terminado, y quisiera que Borr Hoja de Sauce estuviera aquí —completó un tercero. Los hombres ancianos y sabios quedaron desconsolados, presas de una melancolía incomparable, y fumaron en demanda de inspiración y consuelo, pues sabían que Borr Hoja de Sauce, como los demás guerreros de la Cofradía del Bosque, pertenecían a la memoria del Pueblo y hacía tiempo que habían ido en busca de sus padres.

Voy a pegaros en la siguiente entradael primer capítulo de LA PIEDRA RESPLANDECIENTE. Esta es la foto mía que aparece en la solapa, está un poco anticuada. Con esos tonos tan raros y grises, una vez me dijeron que parecía un poeta del siglo XIX (de aquellos que morían de tuberculosis, frecuentaban los cementerios y/o se suicidaban). La hice así porque quise. En mi antiguo laboratorio de B/N, cuando estas cosas se conseguían con revelador, fijador y humectante.
LA PIEDRA RESPLANDECIENTE es la última novela que escribí de la trilogía KHOL, pero en cambio es la primera por la cronología de la acción. Es decir, lo que conté en ella fueron los orígenes míticos del ciclo.
Como parece que hay gente que me escucha, o que me lee, voy a contar aquí más cosas de las que tenía previstas cuando abrí el blog. En noviembre di una conferencia en el Palacio de Congresos de Castellón, y se abrió un debate. Voy a pegar aquí parte de la respuesta que di a una de las preguntas. Lo hago porque creo necesario que todos abramos los ojos y actuemos en consecuencia. Lo primero que se necesita para resolver un problema es saber que existe, y los sofisticados procedimientos del Gran Hermano moderno impiden incluso eso (por eso funciona tan divinamente y hacen con nosotros lo que quieren).
Ahí va:
Estamos viviendo en un modelo de sociedad que procede de la revolución francesa. La revolución francesa la hicieron los humildes para ganarse un sitio en la sociedad, contra el predominio de unos grandes muy grandes, que eran los reyes absolutos, los nobles y los terratenientes.

Después de la revolución francesa nos ha quedado una sociedad en la que los protagonistas son los ciudadanos, los herederos de aquellos humildes, bajo el dogma de que la soberanía reside en el pueblo. Aquella revolución se hizo bajo la inspiración de unos filósofos que formaban parte de la llamada Ilustración Francesa, especialmente J. J. Rousseau, y para él el ideal del ciudadano era el pequeño productor agrícola independiente, dueño de su terreno y de su producción, que no tenía amos y que no necesitaba bajar la cabeza ante nadie

¿Y por qué? Pues porque él sabía que la libertad no significa nada si solo está escrita en un papel, que la independencia no significa nada si solo viene consignada en una ley, que la dignidad individual no significa nada si se limitan a aparecer en una declaración política. Para que todo eso sea real es necesario darle carne y sangre, y esa carne y sangre es el aspecto económico. Por eso esos nuevos ciudadanos tenían que ser productores independientes, y no temporeros o siervos. Solo con independencia económica es posible experimentar realmente todos esos valores. Hoy estamos viviendo una deriva peligrosa hacia un modelo de sociedad distinto. Las empresas han crecido tanto que superan en poder a los propios Estados, y, tal como lo veo yo, ya no es tan cierto como era antes eso de que la soberanía reside en el pueblo. Ahora el poder real se está trasladando a los consejos de administración de esas empresas tan importantes, y estamos volviendo a unos esquemas de dependencia que recuerdan mucho los de épocas anteriores a la revolución, y que cualquiera puede ver si no está ciego. Por ejemplo, cada joven de hoy sabe que deberá pasar toda su vida, o al menos la parte más importante y creativa de ella, pagándole al banco la mitad de su sueldo, en concepto de hipoteca, es decir, que trabajará toda su vida no para él, sino para el banco. Eso solo tiene un nombre, y es esclavismo. Estamos ante un esclavismo indirecto, sofisticado y postmoderno, pero esclavismo. Algo muy distinto de lo que quiso Rousseau y de lo que quisieron los revolucionarios de París. De la misma forma, cualquiera puede darse cuenta de que lo que hoy sucede o no sucede en el mundo lo deciden los fabricantes de armas, los laboratorios farmacéuticos, los bancos y la compañías de seguros.
Estaba mirando por la coctelera y me sorprendió gratamente un blog sobre Silvio Rodríguez. Leyéndolo supe de la existencia de las seis ex-vírgenes de occidente, Tristicia, Nuriurka, Teriurka, Olivurka, Marijoseurka y Visiurka, todas rendidas al aprendiz de brujo, tal como si fuera cierto que todo el viento del mundo sopla en su dirección (de él).
Esta entrada va dedicada a ellas.
Encontrar a las ex-vírgenes ha sido un alivio y una alegría, porque, rodeado de bacalao, triunfitos y música electrónica, me creía solo, desfasado y abandonado en mi admiración por él, como un náufrago perdido en un planeta más perdido aún. Más o menos como el Principito en su asteroide. Pero no, ahora por suerte he encontrado a unas congéneres que hablan mi mismo idioma.
Hace dos años dirigí un videoclip para un grupo de fusión con mucho talento, llamado MALAYUNA. Se hizo una presentación en el Club Diario Levante de Valencia, y cuando tomé la palabra dije más o menos esto: He producido mucho cine documental, y he aprendido a hacerlo todo, buscar la financiación, escribir el guión, dirigir la película, hacer el montaje, fabricar las animaciones electrónicas, incluso hacer de actor. Solo hay una cosa que nunca he sabido hacer, y es la música. La música sigue siendo inaccesible para mí, y creo que los que son capaces de escribirla tienen un toque divino.
Algo así me sucede con Silvio Rodríguez. Soy escritor, y se supone que debería ser capaz de encontrar palabras para todo, pero si tuviera que describir lo que me hace sentir, lo que significa para mí y cómo cambió mi vida, no podría. Las ex-vírgenes lo hacen mucho mejor que yo con sus comentarios burbujeantes, entregados, detallistas y entusiastas, y me siento identificado con ellas en todo, excepto en su inclinación por los pectorales de S.R. A mí me gustan sus músicas, sus letras y su actitud, pero sus pectorales me dejan indiferente. Así que dejo los pectorales para las niñas y me quedo con la actitud. Y me refiero a su dosis de entereza, convencimientoy honestidad. Siempre me llamó la atención el tema en el que cuenta cómo lo invitan a desmarcarse de la revolución para salir indemne cuando todo se venga abajo. Si no fuera poeta, como es, se limitaría a dejarlo correr, o daría una rueda de prensa. Como es poeta, hace lo que hacen los poetas, transforma en poesía la oferta y la contestación. Cantada por él en ese tema, incluso la palabra mierda suena bella. Es como en OPINIONES DE UN PAYASO, cuando el héroe describe a su hermana pequeña como algo tan puro que "cuando nombra la mierda, parece que hablara de la nieve" (Schäisse y Schnee, mierda y nieve, se supone que se confunden en alemán, aunque a mí me parece que no).

Eso pasa con el tema de S.R.: "me vienen a convidar a tanta mierda", y suena divino. La mierda es el paraiso del talonario de cheques, el sistema controlado por las empresas donde no eres más que un tornillo. La canción acaba con lo que es al mismo tiempo un lema, un epitafio y un principio moral decididamente grandioso: YO ME MUERO COMO VIVÍ.
Personas como él no tendrían que morir nunca. Recuerdo haber escuchado en aquella época de la transición a Luis Pastor. Personalmente nunca me sedujo, pero ahí estaba, y pasaba por ser un tío muy crítico y todo el rollo. Cuando pasó la época de los cantautores (no sé por qué), y vino la democracia, un día me quedé patitieso al verlo cantar en un programa de televisión española. Estaba vestido de raso, rojo sangre, como un domador de circo en la pasarela Cibeles, y cantó un tema tonto cuya letra formaba una rima tonta con algo así como "una lentilla que cayó a una alcantarilla". No sé lo que hace ahora ese tío, pero flipé. No había visto nunca una cosa igual. Creo que más o menos aquella actitud podría entenderse como la encarnación de la tanta mierda a la que se refiere S.R.
Era el mes de mayo, y yo estaba estudiando un examen. Un compañero de piso y su novia se iban a un concierto de dos tipos de los que nunca había oido hablar, un tal Silvio Rodríguez y un tal Pablo Milanés. Mi amigo me aseguró, con mucho convencimiento, que me iba a gustar. Yo, capullo de mí, no me atrevía por culpa del rollo del examen, así que les dije que no y se fueron. Diez minutos más tarde me arrepentí, dejé el libro a un lado y salí a la calle. Los alcancé por el camino, entramos al polideportivo y ahí cambió mi vida. Lo que sentí fue para siempre.
Me decían mis amigos que S.R. se había negado durante mucho tiempo a grabar discos, creo que para no integrarse en el sistema. Afortunadamente, para esa época ya había cedido, y compré Mujeres, y después muchos otros. Lo escuchaba a todas horas. En la cocina del piso, mientras preparaba la comida, en el coche, cada vez que viajaba de Murcia a Aguilas, en mis periplos por las montañas. Siempre.
Yo también le dije a alguien ya no te espero, también creí que en estos días todo el viento del mundo soplaba en su dirección, también me preguntaba a dónde iban las cosas cotidianas, como el descalzarse en la puerta o el café de ayer, también habría cambiado cada cuerda por un saco de balasy también me perdí un poco a ver si encontraba el unicornio.
Bueno, bueno... Me creía huérfano y solo en el asteroide, pero de pronto escucho risas, pasos, palabras, y detrás de unos pedruscos inertes veo aparecer a las seis ex-vírgenes ¡Hurra! Se acabó la soledad,ahora somos siete.
Glub... ¿Y ahora qué hago con ellas?
Contesto a la inteligente nota de Mar, que propone una especulación sobre el origen del concepto de la inmortalidad, vinculándolo con la cultura guerrera y quizá con el modelo heroico.
No sé si sois conscientes de que, incluso dentro del cúmulo de manipulaciones, abusos e injusticias que padecemos, los ciudadanos de la Unión Europea vivimos dentro de una especie de paraíso en la tierra. Entre otras muchas cosas brillantes, hemos conseguido situar en territorios pobres e incultos esas guerras tan lucrativas que nos permiten a nosotros seguir vendiendo armas, y que garantizan a los recién nacidos de esos países un futuro de hambre y guerra y un infierno en vida. En nuestro paraíso feliz, donde los fabricantes de armas, entre otros, generan una riqueza y un bienestar social de dudoso origen, apenas somos capaces de concebir la bestialidad de la guerra, y más la que se hacía en la Antigüedad, cuerpo a cuerpo. Y no cabe duda de que, como dice Mar, las continuas guerras y la presencia permanente de la muerte pudieron disparar el ansia de la inmortalidad.
Existe cierta conexión entre la inmortalidad y la fama. Soldados, guerras y ejércitos son marco adecuado para la aparición de la última. En una sociedad de agricultores, el máximo héroe podría ser el hortelano al que un día le creció un melón de doce kilos. Pero en la guerra, el que mata bien y con gracia, sin que lo maten a él, seguro que se transforma en héroe.
Este fue el primer modelo de inmortalidad que buscó Gilgamesh, el de la fama. Antes que penar por medio mundo en busca del secreto de la vida eterna, se lanzó en busca de aventuras porque quería que su nombre estuviera en boca de la gente, en las leyendas y las canciones. Freud dejó escrito que lo que mueve al hombre es el sexo. Sus brillantes discípulos, Adler y Jung, creyeron, el primero que lo que le mueve es el deseo de poder, entendido como fama, y el segundo que está principalmente afectado por el inconsciente colectivo, expresado con un lenguaje simbólico que emparenta con los mitos primitivos. A mí me cae mejor Karl Jung, pero destaco el acierto de Adler, cuyo pensamiento se puede resumir en la frase “uno vale más si sabe que lo miran”.
¿Habría acudido Gilgamesh a matar al gigante Huwawa si creyera que no se iba a enterar nadie? Ni hablar, lo que quería era prestigio. Quería que los hombres lo admiraran, que las mujeres lo adoraran, que los niños quisieran ser como él. Si supiera que su hazaña iba a permanecer anónima, en vez de desafiar a la muerte se habría quedado en su palacio jugando a los dados.
Este es el modelo del guerrero. La pobre compensación que les queda a unos pobres muchachos que van a la muerte en una batalla es la fama. Cuando la hazaña de las Termópilas, los espartanos no se dejaron llevar solo por el sentido del deber, estilo Kant, o no solo por eso, sino por la dudosa compensación de alcanzar esa inmortalidad tan sutil que es el ir de boca en boca después que tú ya no estás.
Así que es posible que la idea formal de la inmortalidad, y su expresión literaria, esté vinculada con una época guerrera. Pero no como sentimiento. Siempre que trato de penetrar los secretos de la mentalidad primitiva imagino al hombre prehistórico asomado a la puerta de su cueva y tratando de comprender todo lo que sucede a su alrededor. Lo he expuesto así también en mis documentales: ¿Por qué el universo nocturno gira en torno a la estrella polar? ¿Por qué el sol sale por oriente, se pone por occidente, y vuelve a salir por oriente? El necesita comprender todo eso, no es un tipo que sale al monte indiferente al mecanismo de las cosas. Sufre una fuerte descarga de ansiedad ante lo que no comprende y hace lo que puede por desvelar el misterio y por establecer códigos que expliquen el mundo.
Pero eso son cuestiones externas a la persona y concernientes a la física, propias de Newton o Copérnico. El misterio de la vida, la muerte y el nacimiento es mucho más apremiante. Y lo curioso es que la mentalidad primitiva lo tenía resuelto. Tenía previsto intervenir en una Universidad de verano de Barcelona con una clase llamada NACIMIENTO, MUERTE Y RESURRECCIÓN EN EL MITO MEDITERRÁNEO, pero el curso se suspendió por motivos internos. En esa clase iba a contar el notable proceso mediante el cual la mente primitiva ha abolido el problema de la muerte y el misterio del nacimiento. Uno de los escritores más brillantes, a mi juicio, del siglo XX, Stanislaw Lem, se pregunta a través de uno de sus personajes cómo es posible que los hombres sean capaces de aceptar que un recién nacido viene de la nada absoluta, pero en cambio se niegan a aceptar que la muerte los traslade a esa misma nada (y de aquí todas las religiones, con sus diversas promesas de inmortalidad). El problema que plantea Lem está resuelto en la mente prehistórica, para la que el nacimiento, la muerte y la resurrección forman parte de una especie de eterno retorno a través de la reencarnación sin fin. Ese fue el acomodaticio convencimiento del hombre de la prehistoria durante miles de años.
El gran valor de la aportación de Gilgamesh, o más bien del inspirado escriba semita que compuso la versión definitiva del poema en doce tablillas, es la duda, como conviene a un momento situado en el comienzo de la cultura urbana, la escritura, el conocimiento de los metales, el regadío organizado, la producción de excedentes, el nacimiento del comercio y la aparición del sacerdocio. Es decir, como conviene a un mundo que ha cambiado, que sale de la antigua Arcadia de los cazadores, tan idealizada como que hasta Carlos Marx creyó que era la encarnación del comunismo primitivo.
Gilgamesh no se cree el rollo de que volveremos a vivir una nueva vida a través de un fruto que come una mujer, que es más o menos la creencia sostenida durante toda la Prehistoria. Y esa es su gran contribución intelectual, y lo que desde el principio, cuando estudiaba en la Universidad, me cautivó. Gilgamesh es el primero de todos esos personajes que no se han dejado embaucar por las promesas de inmortalidad de las religiones, y por eso, conforme nuestra sociedad se va volviendo más escéptica y menos religiosa, resulta cada vez más actual. La diferencia entre él y uno de nosotros es que enfermó de ansiedad y malgastó su juventud en busca de lo imposible, mientras que ahora el carpe diem se aplica con convencimiento.
¿Cómo es posible que lo antiguo sea tan moderno? ¿Cómo puede ser que unos trozos de barro escritos por un tipejo desconocido hace seis mil años pueda conectar con el hombre de hoy? Porque Gilgamesh es el prototipo de lo que Splenger llamaba el pensamiento fáustico. Se puede acceder a esa iluminación y al mismo tiempo a ese sufrimiento con solo correr el velo y poner en duda los mensajes de la religión que nos inculcan desde el primer minuto de nuestra vida.
Una vez leí una intervención de Juan Pablo I (no es mi autor favorito. Una compañera de Universidad estaba haciendo un trabajo sobre ese texto y le ayudé). Advertía contra la manipulación de los jóvenes, y contraponía manipulación a educación. Pero toda educación es una manipulación. No hay educación ideológicamente neutra, todas imponen unos criterios. Puede que alguien piense que es educación y no manipulación angustiar la inocencia de un niño amenazándole con que irá al infierno y se quemará eternamente solo con cometer una mala acción. Yo no pienso así. Todo el que dude perderá el sostén psicológico de la religión y se pondrá en la misma situación de Gilgamesh, es decir, desnudo ante el abismo. Todo el mundo, desde el umbral de la cueva paleolítica hasta el piso ático del hotelito ese de siete estrellas tan exclusivo que hay en Dubai.



