Sí, creemos que en el mundo antiguo, pero que muy antiguo, no había ni reflexión, ni filosofía, ni inteligencia comparable a la nuestra. Aquellos lerdos de Mesopotamia, con sus cabezas rapadas, además de construir zigurats y ordeñar ovejas ¿qué hacían? Nada, pasaban el tiempo esperando el advenimiento de Bush (no a ellos, a sus bisnietos, claro está).

Pues no. Pensaban, y pensaban en grande. Pensaban tanto y con tanta hondura como uno de esos tertulianos hipersabios que escuchamos en la radio mañana, tarde y noche.

Reflexión, preocupación y filosofía, sí. Ellos, o uno entre ellos, fueron los primeros en darle vueltas a ese inconveniente tan serio que es morirse. Hoy acaba de morir Pavaroti. Famoso, rico, pero impotente ante el cáncer de páncreas, como los pobres. Vale como ejemplo de que no hay nada que hacer. Cuando llega el momento olvídate. Y siempre llega.

En lugar de entretenerse momificando muertos y dibujando los cañaverales del más allá, como sus vecinos egipcios, los sumerios de aquella Mesopotamia en ciernes se pusieron a lamentarse porque tenían que morirse, y les cosquilleaba la incertidumbre. Ellos no lo tenían claro, no sabían qué cosa había detrás. Les daba un no sé qué imaginar el otro lado. Lo más que llegaban a decir era poco apetitoso: que los muertos estaban vestidos con plumas, como pájaros, y que su pan era el polvo. Así definían lo que llamaban la mansión de Irkalla, que era bastante peor que el tren de la bruja.

Así nació el personaje más atractivo, universal y atormentado de la historia de la literatura, el que penó y se lamentó bastante antes que Fausto. Y, con 25 años, a mí se me ocurrió apropiármelo y reescribir su historia para que la conociera todo el mundo. Nadie conoce a Gilgamesh, excepto los leídos y los iniciados. Pero ahora vais a conocerlo.