Contesto a la inteligente nota de Mar, que propone una especulación sobre el origen del concepto de la inmortalidad, vinculándolo con la cultura guerrera y quizá con el modelo heroico.

No sé si sois conscientes de que, incluso dentro del cúmulo de manipulaciones, abusos e injusticias que padecemos, los ciudadanos de la Unión Europea vivimos dentro de una especie de paraíso en la tierra. Entre otras muchas cosas brillantes, hemos conseguido situar en territorios pobres e incultos esas guerras tan lucrativas que nos permiten a nosotros seguir vendiendo armas, y que garantizan a los recién nacidos de esos países un futuro de hambre y guerra y un infierno en vida. En nuestro paraíso feliz, donde los fabricantes de armas, entre otros, generan una riqueza y un bienestar social de dudoso origen, apenas somos capaces de concebir la bestialidad de la guerra, y más la que se hacía en la Antigüedad, cuerpo a cuerpo. Y no cabe duda de que, como dice Mar, las continuas guerras y la presencia permanente de la muerte pudieron disparar el ansia de la inmortalidad.

Existe cierta conexión entre la inmortalidad y la fama. Soldados, guerras y ejércitos son marco adecuado para la aparición de la última. En una sociedad de agricultores, el máximo héroe podría ser el hortelano al que un día le creció un melón de doce kilos. Pero en la guerra, el que mata bien y con gracia, sin que lo maten a él, seguro que se transforma en héroe.

Este fue el primer modelo de inmortalidad que buscó Gilgamesh, el de la fama. Antes que penar por medio mundo en busca del secreto de la vida eterna, se lanzó en busca de aventuras porque quería que su nombre estuviera en boca de la gente, en las leyendas y las canciones. Freud dejó escrito que lo que mueve al hombre es el sexo. Sus brillantes discípulos, Adler y Jung, creyeron, el primero que lo que le mueve es el deseo de poder, entendido como fama, y el segundo que está principalmente afectado por el inconsciente colectivo, expresado con un lenguaje simbólico que emparenta con los mitos primitivos. A mí me cae mejor Karl Jung, pero destaco el acierto de Adler, cuyo pensamiento se puede resumir en la frase “uno vale más si sabe que lo miran”.

¿Habría acudido Gilgamesh a matar al gigante Huwawa si creyera que no se iba a enterar nadie? Ni hablar, lo que quería era prestigio. Quería que los hombres lo admiraran, que las mujeres lo adoraran, que los niños quisieran ser como él. Si supiera que su hazaña iba a permanecer anónima, en vez de desafiar a la muerte se habría quedado en su palacio jugando a los dados.

Este es el modelo del guerrero. La pobre compensación que les queda a unos pobres muchachos que van a la muerte en una batalla es la fama. Cuando la hazaña de las Termópilas, los espartanos no se dejaron llevar solo por el sentido del deber, estilo Kant, o no solo por eso, sino por la dudosa compensación de alcanzar esa inmortalidad tan sutil que es el ir de boca en boca después que tú ya no estás.

Así que es posible que la idea formal de la inmortalidad, y su expresión literaria, esté vinculada con una época guerrera. Pero no como sentimiento. Siempre que trato de penetrar los secretos de la mentalidad primitiva imagino al hombre prehistórico asomado a la puerta de su cueva y tratando de comprender todo lo que sucede a su alrededor. Lo he expuesto así también en mis documentales: ¿Por qué el universo nocturno gira en torno a la estrella polar? ¿Por qué el sol sale por oriente, se pone por occidente, y vuelve a salir por oriente? El necesita comprender todo eso, no es un tipo que sale al monte indiferente al mecanismo de las cosas. Sufre una fuerte descarga de ansiedad ante lo que no comprende y hace lo que puede por desvelar el misterio y por establecer códigos que expliquen el mundo.

Pero eso son cuestiones externas a la persona y concernientes a la física, propias de Newton o Copérnico. El misterio de la vida, la muerte y el nacimiento es mucho más apremiante. Y lo curioso es que la mentalidad primitiva lo tenía resuelto. Tenía previsto intervenir en una Universidad de verano de Barcelona con una clase llamada NACIMIENTO, MUERTE Y RESURRECCIÓN EN EL MITO MEDITERRÁNEO, pero el curso se suspendió por motivos internos. En esa clase iba a contar el notable proceso mediante el cual la mente primitiva ha abolido el problema de la muerte y el misterio del nacimiento. Uno de los escritores más brillantes, a mi juicio, del siglo XX, Stanislaw Lem, se pregunta a través de uno de sus personajes cómo es posible que los hombres sean capaces de aceptar que un recién nacido viene de la nada absoluta, pero en cambio se niegan a aceptar que la muerte los traslade a esa misma nada (y de aquí todas las religiones, con sus diversas promesas de inmortalidad). El problema que plantea Lem está resuelto en la mente prehistórica, para la que el nacimiento, la muerte y la resurrección forman parte de una especie de eterno retorno a través de la reencarnación sin fin. Ese fue el acomodaticio convencimiento del hombre de la prehistoria durante miles de años.

El gran valor de la aportación de Gilgamesh, o más bien del inspirado escriba semita que compuso la versión definitiva del poema en doce tablillas, es la duda, como conviene a un momento situado en el comienzo de la cultura urbana, la escritura, el conocimiento de los metales, el regadío organizado, la producción de excedentes, el nacimiento del comercio y la aparición del sacerdocio. Es decir, como conviene a un mundo que ha cambiado, que sale de la antigua Arcadia de los cazadores, tan idealizada como que hasta Carlos Marx creyó que era la encarnación del comunismo primitivo.

Gilgamesh no se cree el rollo de que volveremos a vivir una nueva vida a través de un fruto que come una mujer, que es más o menos la creencia sostenida durante toda la Prehistoria. Y esa es su gran contribución intelectual, y lo que desde el principio, cuando estudiaba en la Universidad, me cautivó. Gilgamesh es el primero de todos esos personajes que no se han dejado embaucar por las promesas de inmortalidad de las religiones, y por eso, conforme nuestra sociedad se va volviendo más escéptica y menos religiosa, resulta cada vez más actual. La diferencia entre él y uno de nosotros es que enfermó de ansiedad y malgastó su juventud en busca de lo imposible, mientras que ahora el carpe diem se aplica con convencimiento.

¿Cómo es posible que lo antiguo sea tan moderno? ¿Cómo puede ser que unos trozos de barro escritos por un tipejo desconocido hace seis mil años pueda conectar con el hombre de hoy? Porque Gilgamesh es el prototipo de lo que Splenger llamaba el pensamiento fáustico. Se puede acceder a esa iluminación y al mismo tiempo a ese sufrimiento con solo correr el velo y poner en duda los mensajes de la religión que nos inculcan desde el primer minuto de nuestra vida.

Una vez leí una intervención de Juan Pablo I (no es mi autor favorito. Una compañera de Universidad estaba haciendo un trabajo sobre ese texto y le ayudé). Advertía contra la manipulación de los jóvenes, y contraponía manipulación a educación. Pero toda educación es una manipulación. No hay educación ideológicamente neutra, todas imponen unos criterios. Puede que alguien piense que es educación y no manipulación angustiar la inocencia de un niño amenazándole con que irá al infierno y se quemará eternamente solo con cometer una mala acción. Yo no pienso así. Todo el que dude perderá el sostén psicológico de la religión y se pondrá en la misma situación de Gilgamesh, es decir, desnudo ante el abismo. Todo el mundo, desde el umbral de la cueva paleolítica hasta el piso ático del hotelito ese de siete estrellas tan exclusivo que hay en Dubai.