Publicidad:
La Coctelera

GILGAMESH

En busca de la inmortalidad

27 Septiembre 2007

EL EXTRANJERO (I)

Y aquí está el prometido capítulo primero de LA PIEDRA RESPLANDECIENTE, pero en dos partes, porque de una vez no cabe.

Capítulo I

El extranjero

El mar frente a la playa Hertedaun estaba azul y tranquilo, un día delicioso para la pesca[1]. Halli el mago arrojaba alegremente sus redes mientras canturreaba una música mitad canción mitad conjuro[2].

«Lene Nor Ajurai mo kaar stere

anar anafarai

Lene More Dilbai

kaar mo almere berar»[3].

Halli era un hombre pequeño y vivaz. Su cabeza medio calva dejaba pasear largas y solitarias hebras grises y, aunque próximo a la vejez, sus ojos siempre estaban alegres. Junto a él, su hija pequeña, Jen-Karamai, se entretenía en la proa de la pequeña embarcación mirando las aves marinas[4].

De pronto, a un tiro de piedra mar adentro, vio una especie de tronco que flotaba a la deriva. Se quedó mirándolo fijamente, mientras el viento esparcía en desorden sus escasos cabellos.

La cosa era más bien rara, pues los brien aprecian mucho la madera y no se desharían de un tronco fácilmente. Por lo tanto, decidió remar acercándose hasta que pudo verlo con claridad.

Se trataba de un tronco del largo de un hombre adulto que debía llevar muchos años a la deriva, pues se encontraba completamente cubierto de mejillones.

Halli el mago, sin dejar de canturrear, frunció el ceño y mientras discurría decidió comerse algunos mejillones. Al hombre le gustaba hablar solo:

—¡Ah! —exclamó—. Halli es un mago viejo y los dioses lo han favorecido con un regalo para que él y su preciosa hija no pasen hambre.

Halli se tragó dos o tres: ¡Hum! sabían bien... En tanto decidía qué era aquello, bien podía arrastrar hasta su cueva el vivero que lo recubría. Lo fondearía en la playa y tendría una reserva de provisiones... ¡Vaya suerte!

Pasó sobre el tronco, con gran dificultad, una lazada de esparto trenzado y lo remolcó con costosos golpes de remo hasta la playa, en cuyas reposadas aguas lo fondeó.

Halli vivía en una cueva en el centro de la playa. El mismo la había excavado con un cuchillo de sílex, aunque se había cuidado mucho de publicar que para ello sólo había usado conjuros mágicos, pues era, por así decir, una especie de mago farsante. Se introdujo en su hogar y regresó con un hacha de piedra para arrancar los moluscos.

Conforme la madera iba quedando al descubierto, Halli el mago se iba convenciendo de que no pertenecía a aquellas tierras. Pasó su mano por la superficie, la mojó para verla mejor, y llegó a una conclusión.

—¡Por la Montaña del Cielo! —exclamó—. Si es una acacia.

Conocía las acacias por sus muchas correrías y sabía que no se las podía encontrar cerca de Tresmares. Entonces la golpeó con los nudillos, y súbitamente el pelo se le erizó en la nuca: el tronco estaba hueco ¿Acaso le era enviado un tesoro? ¿Quizá la Diosa lo quería favorecer remitiéndole libros de sabiduría?

No, no. Seguramente era un tronco hueco y reseco sin más. Pero ya no pudo descansar hasta abrirlo. Para esto, primero lo impulsó suavemente hasta la orilla, donde lo dejó varado. Entonces, ya sin canturrear, comenzó a golpear la vieja acacia con su hacha de sílex.

El tronco se abrió fácilmente en dos mitades, como si éstas hubieran sido un día unidas y selladas, pero lo que vio Halli le paralizó el corazón.

Allí había un difunto, un hombre inmóvil con los brazos cruzados sobre el pecho, con raídas ropas y una barba tan larga que le llegaba a los pies. Halli observó que no respiraba.

—¡Un muerto! ¡La Diosa me envía un muerto! —chilló, con el cabello erizado.

Entonces reparó en su hija. La niña no debía presenciar tales cosas.

—Ven, Jen-Karamai, vamos adentro —le dijo a la niña, sujetándola nerviosamente, y añadió, lanzando una mirada aprensiva al bosque—: ¡Ojalá estuviera aquí Igarka! Ella sabría aconsejarnos.

Halli permaneció unos momentos abrazado a su hija en la segura penumbra del interior, sin atreverse a salir ni a tomar decisión alguna.

—Papá —dijo la niña— ¿Qué haremos con ese hombre? ¿Quieres que vaya llamar a los ancianos?

—¡No, por la ciudad de las hadas! ¡Tendremos que enterrarlo!... —comentó Halli, y añadió, reflexivamente—: No creo que deba dar cuenta a los ancianos. El suceso es muy extraño y podría traerme complicaciones. Podrían acusar al buen Halli de tramar algún plan para ganar notoriedad. Incluso podrían culparme de haberlo matado —añadió, mientras su frente se llenaba de arrugas.

Afuera se oyó un crujido y los ojos de Halli se dilataron de espanto y sus manos se crisparon. No se atrevió a moverse, pero su mirada no se apartaba de la cortinilla de junco que daba entrada a la casa. La niña se agazapó en sus piernas y permanecía como una estatua, con sus grandes ojos negros muy abiertos.

Halli murmuró una plegaria en voz muy baja:

—¡Oh! ¡Señora de la Luna! Ruego que sea mi amigo Skal, que viene en busca de pescado.

De pronto, la cortinilla se corrió y una silueta apareció en el umbral.

—¿Skal? ¿Eres tú? —dijo Halli con la voz deformada por el miedo.

El recién llegado gruñó y dio un paso adelante. Padre e hija chillaron al unísono al ver que el viejo de la acacia acababa de resucitar[5].

„

Halli recobró la compostura cuando vio que en los ojos del anciano sólo había confusión. De pronto, se acordó de un conjuro protector y chilló:

«Te herne, bo fane hernejarkhorai

Is bo karer hernerai!

Uru Dorai stamai!

bo te urulu um sonala unda te herne!» [6].

El extraño se asustó, dio un paso atrás, se pisó la barba y cayó de espaldas.

—¿Está muerto? —preguntó Jen-Karamai.

Halli el mago inspeccionó al hombre: no, no había muerto, pero era incapaz de levantarse. Parecía el colmo del desamparo y la ruina y, con gran alivio, decidió que no debía temerle, sino compadecerse de él.

Así pues, lo ayudó a levantarse y lo reclinó en un asiento, donde quedó por completo desmadejado y con la mirada atravesada por la sorpresa.

—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? —preguntó el mago.

Pero del anciano sólo sacaban gruñidos. Al parecer no sólo desconocía el idioma brien, sino también cualquier otra lengua.

Y Halli el mago hizo lo único que podía hacer: Tomar al hombre del brazo y llevarlo a la aldea, donde los ancianos decidieran qué se haría de él, pues no podía consentir que su buen nombre cayera en entredicho por un suceso tan sospechoso.

Inmediatamente se pusieron en camino por la orilla de las playas, espantando con su paso el descanso de las aves marinas, que abrían vuelo en bandadas. También se cruzaron con dos o tres grupos de chiquillos de la aldea que iban a las calas de aguas claras en busca de erizos y que, al fijarse en el extraño aspecto del anciano, cambiaron de idea y siguieron a la pareja como una escolta chillona y preguntona.

Al cabo de un tiempo se acercaron por el margen de una larga y última playa hasta un peñón rocoso que se introducía en el mar. Era el Peñón de la Tarde, uno de los dos grandes arrecifes que guardaban la bahía de Tresmares, y desde su altura brotó inopinadamente un grito. Halli contestó con otro semejante, y al fijar sus ojos pudo distinguir a un hombre semidesnudo y pintado de azul que lo saludaba desde la cima. Era el vigía del peñón, que guardaba la seguridad de la aldea.

La aldea de Tresmares estaba situada también a la orilla de una gran playa, en una bahía bordeada por los dos peñones[7]. Sus chozas de adobe, ramaje y piedras, eran redondas y resaltaban en el paisaje como una explanada llena de setas. Las correrías de los niños y el humo que se alzaba de los hogares y los hornos proporcionaban una agradable sensación de seguridad. Apoyadas al costado de las chozas se secaban algunas pieles y por todas partes colgaban calabazas llenas de agua o grano. En los bordes de la aldea y junto a la orilla del mar, había grandes hileras de pescado colgado, ahumándose sobre fuegos alineados.

Allí llegó Halli, y causó sensación con su entrada en compañía del anciano, pues nunca se había visto un extranjero en el país, tanto menos uno tan estrafalario como aquél. Así que hombres y mujeres siguieron a Halli y al anciano.

La comitiva se presentó delante de la vivienda del más noble de los ancianos, y gritó:

—¡Sal y escúchame, Oh Barni el venerable[8], pues traigo ante ti un prodigio!

El venerable se mostró ante Halli. Se trataba de un hombre de avanzada edad, vestido con un taparrabos de cuero más bien raído y adornado con pendientes de conchas marinas y un estropeado pectoral de arcilla. Empuñaba una rama de árbol que los brien llamaban «la vara que cura», un palo de fresno con propiedades mágicas. El hombre se quedó perplejo al ver al náufrago. Había vivido, desde luego, muchos años, pero nunca había visto cosa igual.

—¿Qué es eso que traes aquí, Halli «El apartado»?

—Venerable... ¡Por la montaña azul! Se trata de un hombre que no está vivo ni muerto... O más bien un viejo que, pese a su mucha edad, aún tiene un impertinente aprecio a la vida y acaba de resucitar delante de mi casa.

El gentío que se había reunido alrededor de Halli estalló en risas, y a Barni se le escapó una mueca de suspicacia.

—¿No vendrá a robar la Montaña del Cielo? —preguntó.

—No lo creo —respondió Halli—. Parece débil y completamente despistado. Te ruego que reúnas a los ancianos y sabios para que decidan qué ha de hacerse.

Barni no dijo nada. Se introdujo en su vivienda, y afuera nadie se movió, porque sabían que estaba sucediendo algo importante. Al cabo de un rato el jefe volvió a salir, con el cuerpo azul y la cara pintada con una pasta hecha a base de hormigas machacadas. Era la pintura ritual que daba paso a la acción: para los jóvenes, la guerra o la caza; para los ancianos, las decisiones de la Casa del Humo y la Palabra.

Así fue. Barni reunió a los más viejos en una gran choza algo apartada, donde se reunían desde tiempo inmemorial los brien más ancianos y expertos, fumaban hierbas secretas y observaban los movimientos del humo para obtener inspiración. En las paredes de la choza colgaban las mandíbulas de los antepasados, de las que también se esperaban consejos útiles.

„

Al término de las deliberaciones y tras muchas consultas, los hombres ancianos y sabios salieron de la Casa, y el venerable Barni tomó la palabra para expresar su dictamen:

—¡Por la verdad y por la Montaña del Cielo! Los ancianos de Tresmares dicen que este viejo ha sido enviado como una señal, pero no podemos saber qué es lo que anuncia. Nuestro consejo es que Halli el mago, que ha sido favorecido por la diosa con el hallazgo de hoy, se haga cargo de este extranjero y lo enseñe a hablar el brien. Los ancianos de Tresmares otorgan hoy un nombre a ese personaje. Entre nosotros se llamará simplemente Einar[9].

Entonces Halli, halagado, habló así:

—Señores ancianos y sabios: acepto la responsabilidad que hoy me otorga Tresmares y el consejo que custodia la Montaña del Cielo. Halli el mago promete servir humildemente a este fin, y desempeñar con lealtad lo que hoy se le ordena... ¡Que caigan los muros de la ciudad de las hadas y que la Montaña del Cielo sea enterrada si no soy un maestro digno!

El hombrecillo estaba radiante. Quizá obtendría algún beneficio de la empresa y en el peor de los casos, tendría a su disposición a un diligente criado.

Entretanto el viejo, que en efecto parecía volver de una larguísima muerte, aún no parecía haberse instalado en la vida. Su mirada asombrada daba la sensación del más desolador extravío. Sus facciones eran inexpresivas y despertaban la compasión.

Pero esto no contuvo la euforia de Halli, y así fue como el mago, con sus impacientes pasos, y el viejo, con sus torpes movimientos, se retiraron hacia Hertedaun, la playa en forma de herradura donde Halli vivía apartado de todos, dedicado a la pesca y a los hechizos, y entregado a la crianza de su hija y al amor de una extraña mujer, la extranjera a la que llamaban Igarka.

„

Una vez allí, Halli se dirigió al recién bautizado Einar[10]en términos solemnes:

—Bien, querido Einar —dijo—. Serás mi huésped y mi pupilo. Te prevengo, sin embargo, de que mi magia es poderosa y, si por casualidad trataras de sorprenderme, si fueras tú un espíritu encarnado, has de saber que el viejo Halli siempre está alerta.

El anciano no cambió su expresión.

—Vamos —dijo entonces Halli enérgicamente¿Ves cómo los alrededores de la cueva están sucios de restos de pescado? ¡Límpialos!

El viejo no movió un músculo. No parpadeó, y Halli se sintió molesto por su mirada fija. Empezaba a convencerse de que no podría usarlo como criado.

—¡Antes debe comer! —intervino Jen-Karamai.

Halli la miró furibundo y elevó la voz:

—¡Ya es un gasto y no aporta nada!

Y como veía que no sacaría nada del viejo, resopló y desapareció para consolarse en sus quehaceres. La niña, sin hacer caso a su padre, hirvió un poco de pescado, le retiró las espinas cuidadosamente y lo machacó hasta hacer una pasta. Entonces ofreció al anciano esta papilla repitiendo:

—¡C-o-m-i-d-a! Esto es comida.

El viejo comió, y por primera vez en aquel largo día la expresión vino a su rostro. Y para demostrarlo, repitió sorda y guturalmente:

—Co... mi... da.

La niña se sintió orgullosa, y en adelante asumió la tarea de enseñar al pobre Einar el idioma brien. Halli volvió a sus actividades habituales y se desentendió del anciano, y así pasaron las semanas hasta que éste había aprendido unos simplísimos rudimentos del idioma, que Halli consideró suficientes para darle órdenes. A partir de entonces fue su fiel esclavo.

Un día, pensó que en todo mago tener un discípulo era una nota de distinción, y quiso enseñarle unos trucos mágicos.

—Ahora te enseñaré cómo hacer hechizos —le dijo—. Verás, hace tiempo que no llueve. Para conseguir atraer la lluvia en primer lugar hay que valerse de un animal que participe de la naturaleza del agua... ¿Se te ocurre alguno? —Einar lo miró con ojos vacíos—. Bueno, una rana —dijo Halli, carraspeando—. En segundo lugar es preciso bañar a la rana con agua y entonar determinados cánticos propiciatorios. Este procedimiento, de apariencia sencilla, es muy poderoso si se repite durante nueve días. Entonces empezarán a formarse nubes en el cielo y acabará lloviendo[11].

Para ilustrar sus enseñanzas, Halli procedió a ejecutar cuanto había dicho. Tomó la rana, practicó todos los gestos necesarios, y recitó:

«El cielo se vuelve negro,

el hacha de rayo golpea la cúpula,

en la espesura cae la lluvia,

el agua baja por las laderas,

el agua es un torrente ruidoso».

Al repetir la ceremonia insistentemente durante los días sucesivos, vieron cómo las nubes del cielo aumentaban hasta que, al término del noveno, una fina llovizna pareció caer. Entonces los ojos del mago se volvieron saltones como los de un pez y, lleno de orgullo, exclamó, alzando sus renegridas manos hacia la lluvia:

—¿Lo ves? Si se repite la ceremonia guardando todas las prescripciones se conseguirá esta excelente lluvia... Del mismo modo, si deseas alejarla, has de tomar un animal solar. Por ejemplo, un gallo, y depositarlo en el centro de cuatro fuegos. Después pronuncias el conjuro... ¿Qué te ha parecido? [12].

Einar emitió el gruñido inexpresivo que Halli ya conocía. Este compuso un gesto benevolente y ansioso:

—¿Te consideras capaz de intentarlo? —preguntó.

—No —acertó a murmurar el hombre.

—¡Debes probar! —insistió Halli, y añadió, mintiendo teatralmente—: Considero que puedes ser un buen mago, pues, a pesar de tu boba expresión, tus ojos delatan un cierto talento, y me apenaría dejarte de simple criado.

El hombre volvió a gruñir en sentido negativo.

—Bien, discípulo —insistió Halli sin hacer el menor caso—, ahora debes procurarte una rana: tu primera misión consistirá en ir al río a buscar una.

El río estaba cerca. El viejo, con rostro de inequívoco escepticismo, se levantó y se alejó con temblorosos pasos, desapareciendo entre los juncos. Halli escuchó sus chapoteos y caídas. «Qué hombre más torpe —pensó—. Nunca sacaré nada de él».

Entonces escuchó como si una gran piedra cayera al fondo del agua, y al poco tiempo Einar apareció de vuelta, completamente empapado. Halli iba a preguntar por la rana, pero al momento se oyó un fuerte croar y un enorme ejemplar salió despedido de entre los vestidos del anciano, y saltó alegremente buscando de nuevo el río. Maestro y discípulo persiguieron la rana hasta capturarla y la depositaron en el lugar adecuado.

—¡Por las hojas de sauce! Eres todo un cazador —exclamó Halli el mago con tono de diversión, mientras daba palmaditas en la huesuda y frágil espalda del anciano[13].

Einar compuso un gesto afectado y emitió unos gruñidos de modestia, como dando a entender que la rana se le había colado en la túnica, y acto seguido procedió a ejecutar la ceremonia mágica, vertiendo cerveza sobre la rana al mismo tiempo que pronunciaba de pura memoria las palabras mágicas. Halli advirtió que la entonación no era la adecuada pero que, como todo hombre sabio, debía ser paciente.

El anciano Einar concluyó y de inmediato miró al cielo. Halli miró también: no sucedió nada. Halli miró entonces al viejo y le sonrió.

servido por idar-dorainn 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

abner

abner dijo

nada

15 Enero 2008 | 04:22 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Soy escritor, me aburre el mundo de los adultos y confío en los que saben distinguir un sombrero mejicano de una boa que acaba de tragarse un elefante Hay en las librerías, o debería haber, tres novelas mías, que forman la trilogía KHOL. Empecé con Gilgamesh y la muerte, una historia sobre la búsqueda de la inmortalidad. Continué con El Príncipe Pálido, que describe el fin del politeismo primitivo, la muerte de la magia, las hadas, los seres del bosque, los espíritus de las aguas y todo lo que haga falta. Acabé con La Piedra Resplandeciente, un mito sobre el fin de la inocencia primitiva en las costas del Mediterráneo, al borde de la Edad del Bronce. Están publicadas en FUNDAMENTOS. Como los libreros ya no son lo que eran (no es tan fácil como antes encargar una novela y que te la traigan), es mejor comprarlas por internet. Hay varias páginas donde se venden, es suficiente picar el nombre de la novela, sin olvidar el título de la trilogía, KHOL. Tampoco está mal pedir los libros directamente a EDITORIAL FUNDAMENTOS: Teléfono: 913 199 619 Teléfono 2: 913 194 378 Fax: 913 195 584 Correo electrónico: web@editorialfundamentos.es Contacto: Juan Serraller Suerte. Comentarios, alabanzas, críticas y menosprecios a: idar_dorainn@hotmail.com Podeis mirar la página de mi productora, con cine, documentales, novelas y trabajos de antropología en http://lugalbanda.eresmas.net contadores
contadores

Fotos

idar-dorainn todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera