Y aquí el segundo trozo del primer capítulo de LA PIEDRA RESPLANDECIENTE.

—No te preocupes, discípulo... —lo animó con una jovial sonrisa, y añadió—: Ya verás cómo siguiendo mis enseñanzas conseguirás triunfar. Y ahora pasemos adentro, pues empieza a oscurecer y se levanta frío. Tomaremos una infusión caliente y te contaré algunas historias instructivas.
Así lo hicieron. Halli entró primero, divertido y sonriente, y Einar se arrastró tras él, cabizbajo y con el atribulado rostro rumiando confusión. Entonces Halli, sentado cómodamente en el banco corrido de piedra, se dispuso a narrar a su pupilo las mejores historias de su repertorio.
—En cierta ocasión —dijo, exhibiendo una sonrisa excitada y mostrando, por lo tanto, los grandes huecos en su dentadura—, llegué a conseguir mucho prestigio. El hijo del jefe estaba enfermo, nadie podía curarlo. Entonces, tras el fracaso de todos los curanderos, fui llamado y llevé mi tambor. Comencé a tocarlo...
«¡Brooom...!» se oyó de pronto al exterior, y el ruido sacudió la choza.
Halli miró a Einar.
—¿Te haces el gracioso? ¿Me estás imitando acaso?
El extranjero miró también a Halli, pero con ojos de desamparo. Entonces volvió a escucharse el bramido: «¡Brooom...!»: Era un trueno.
En la calva de Halli, los escasos pelos grises se pusieron tiesos.
—¡Por la Señora! ¡El rayo golpea la cúpula del cielo! ¡El rayo golpea la cúpula del cielo! —exclamó, repitiendo las palabras del conjuro.
Se precipitó a la boca de la cueva: en el exterior la luz había bajado considerablemente, una bandada de nubes se arremolinaba en el cielo, tejiéndose y destejiéndose como gordas serpientes grises, y de inmediato comenzó a llover. Halli estaba desolado.
Entonces volvió la mirada a Einar.
—¡Por las hojas de sauce! —clamó— ¿Qué has hecho...?¿Cómo has conseguido...?
Pero el rostro del viejo seguía inexpresivo. Entretanto, en la cueva, la techumbre de arenisca empezó a dejar pasar gruesas goteras por todas partes, y Halli, completamente desesperado, salió de su vivienda y desapareció en el diluvio. Jen-Karamai, gritó asustada:
—Papá... ¿A dónde vas?
—A buscar un gallo —se oyó la voz de Halli—. De lo contrario la hazaña de este desgraciado nos hará morir ahogados.

Cuando el pobre Halli regresó, estaba empapado, y sus piernas, salpicadas de barro hasta la cintura. Había robado un gallo en Tresmares, pero éste también presentaba un aspecto remojado y deplorable, y no servía en absoluto para la ceremonia propiciatoria. Finalmente, se retiró a un rincón oscuro, desde donde gruñó y maldijo durante toda la noche.
Llovió la noche entera, y el día siguiente con su noche y toda la semana, sin interrupción. Los campos no eran sino lodazales, los caminos no eran practicables, las casas de adobe de Tresmares se debilitaron y algunas se hundieron. Pero, por encima de todo, la gente comenzó a temer un nuevo diluvio y se preguntó «¿Qué hemos hecho? ¿Cómo hemos ofendido a los dioses?». Los magos se reunieron, los sacerdotes deliberaron, los ancianos discutieron. Pero las oraciones no fueron escuchadas, los ritos fracasaron, la desolación y el pavor se extendieron por toda la comarca. Y la lluvia no cesaba ni se debilitaba.
Al fin Halli fue llamado a la Casa del Humo y la Palabra, y, a la vista de tan alto protagonismo, no desaprovechó la oportunidad de salir beneficiado. Así, haciendo repetida exhibición de los huecos en su dentadura, dijo:
—En efecto, hombres ancianos y sabios, habéis hecho bien en acudir a mí, pues sólo yo, Halli el mago, puedo poner remedio al problema que nos atemoriza. Yo, el mejor mago de la aldea.
Los ancianos no creían una palabra, pero estaban asustados, y pidieron al supuesto mago que movilizara sus habilidades para salvar al país.
Una vez en su morada, indicó al extranjero:
—Mira: ya que eres tan hábil, haz el favor de devolvernos el sol.
El anciano de la barba cenicienta tomó el gallo que aún guardaba Halli. Este le recitó el conjuro y el pacífico Einar lo repitió:

«La cúpula azul brilla
la lengua de fuego abrasa el mar,
por Oriente llega la luz,
por Oriente nace el sol».

Ejecutó al tiempo todos los detalles del ceremonial, y al instante cesó de llover. Al asomarse al exterior, vieron cómo las nubes clareaban, se disgregaban y, finalmente, desaparecían. Un radiante y cálido sol llenó de luz el paisaje y el mar se calmó.
Halli no sabía si debía estar enfurecido, feliz o simplemente atónito. Era evidente que el vejestorio estaba investido de un poder mágico inimaginable. Pero ¿quién era? ¿De dónde había venido? ¿Cuánto tiempo más aparentaría ser un imbécil? Y, mucho más importante... ¿cómo podría Halli usar aquel poder en su provecho?
Para su contento, pronto llegó a su casa una comisión de tres ancianos con el objeto de felicitarle y expresar el agradecimiento de la aldea.
Halli contestó con palabras que querían aparentar humildad y lo conseguían escasamente. Los ancianos se retiraron pronto, pero, cuando ya subían la pendiente, de vuelta a la aldea, uno de ellos se volvió y le preguntó:
—¡Ah, Halli! ¿Qué tal tu discípulo? ¿Has conseguido algo de él?
Halli, sin inmutarse, respondió con el mayor cinismo:
—No, no... ni es capaz de traerme una rana del río... es muy torpe.
El anciano se quedó un momento pensativo y añadió:
—Bien... es sólo cuestión de paciencia.
—Sí, lo es —concluyó el pícaro mago—. Confiad en la virtud del buen Halli. Yo haré de él un ciudadano digno... siempre que antes no muera de aburrimiento...¡o de viejo! —añadió, y se rió de forma ruda y estentórea.
Pero su alegría duró poco. La fuerza del sol era excesiva y el calor se hizo agobiante. Las plantas se quemaban, los niños de pecho no podían respirar, las gaviotas se asfixiaban y el país estaba de nuevo en peligro.
Los ancianos, más bien soliviantados, volvieron por tanto a presentarse en la playa Hertedaun.
—Halli... ¿no te has excedido en tu conjuro? —dijeron—. Líbranos de tanto calor, pues de otro modo moriremos.
Halli, mirando a todos lados y a ninguno, trastabilló:
—Ejem... sí, lo haré como queréis. Estaba abstraído en mis meditaciones y sólo ahora que lo decís me doy cuenta de que no he... medido mi fuerza.
Tan pronto como la comitiva desapareció, se dirigió al anciano Einar y le espetó:
—¡Menudo problema me has causado! Y ahora... ¿qué crees que debo hacer? ¿Cómo vas a parar esto, bruto?... ¡Deja de hacerte el tonto o me enfadaré de verdad!
El extranjero no habló. Se levantó y caminó irregularmente hasta el arroyo en busca de una rana. Otra vez se escucharon los chapoteos y sus caídas. De nuevo cayó con gran estrépito y regresó totalmente mojado, pero en esta ocasión sostenía en sus manos, como un brillante trofeo, una rana verde, y sus ojos brillaban con un júbilo infantil.
Entonces vertió agua sobre el animal y volvió a recitar el conjuro. Halli dirigió una sombría mirada al cielo... ¿Vendría otra estación lluviosa? Pero el extranjero tomó del hogar una ramita de fuego y la esgrimió delante de la rana, susurrando unas palabras que Halli no llegó a entender.
Al poco tiempo unas nubes blancas vinieron del mar, se levantó la brisa y el sofocante calor había desaparecido.
—¡Este truco es nuevo! —chilló Halli— ¿Cómo lo has aprendido?
Y como Einar se encogió de hombros, el mago se exasperó y comenzó a zarandearlo y a lanzar maldiciones contra él y su tranquilidad.
Pero de pronto se quedó parado, con la mirada fija en un punto detrás de Einar. Soltó la presa y relajó sus crispadas facciones. Igarka había vuelto.

Cuando era más joven, Halli había llegado a ostentar mucho prestigio entre los brien, pero había cometido una grave falta y por esto había sido expulsado de la aldea y vivía en la playa Hertedaun. El pecado consistió en repudiar a su esposa para unirse con una mujer torva y extraña, una extranjera que había llegado a Tresmares unos años atrás, embarcada en una de las naves que exploraban las costas de Hesperia.
La extranjera se cubría con un manto oscuro, y sus ojos se abrían en unas como cavernas que había bajo sus cejas. Decía ser sacerdotisa de un reino muy lejano llamado Ispahan, y había estado unida al célebre Perk, el jefe de los guerreros de las islas del mar, aquellos hombres de aviesas intenciones que frecuentaban las costas brien y tanteaban a las aldeas intentado asentar colonias.
Al desembarcar, y por motivos oscuros, ella abandonó a Perk y buscó la amistad de los brien, hasta que impresionó —y al decir de muchos, embrujó— al apasionado Halli e hizo que repudiase a su mujer brien, que más tarde murió en extrañas circunstancias. El Pueblo nunca se lo perdonó.
En cuanto a Igarka, los brien toleraban su presencia, pero bajo una manifiesta hostilidad, porque temían que fuese una enviada del rey de aquel supuesto reino de Ispahan, una enviada encargada de sonsacar a los brien sus secretos, el emplazamiento de los grandes yacimientos de metales, y, sobre todo, el de la Montaña del Cielo, el lugar santo de los brien.
La mujer tenía un nombre impronunciable y por eso le dieron uno, y a causa de su torvo aspecto la llamaron Igarka . Y permitieron que conviviera con Halli en su destierro de Hertedaun, pero no que hiciera correrías por el país, ni mucho menos que se acercara al lugar sagrado.
Pero ella se las arreglaba para ir y venir a su antojo. Decían que podía convertirse en ave nocturna o en animal del bosque, y de hecho se ausentaba a menudo, pero tan sigilosamente que nadie la vio nunca fuera de la playa Hertedaun.

Pronto volvieron los ancianos para agradecer el nuevo servicio de Halli. Le trajeron un cerdo, pasteles, un collar de cuentas marinas y otros regalos. Y cuando se fijaron en Einar el tranquilo, que, en honor a su apelativo, estaba en un rincón, recibiendo baños de sol y con la mirada fija en un punto indefinido del horizonte, se interesaron de nuevo por él.
—El viejo parece tonto, pero es listo —contestó diligentemente Halli—: Ya sabe que «lluvia» significa «lluvia» y «sol», «sol».
—Eso no es mucho —dijo uno de los ancianos—. Debería aprender más rápido. Queremos examinarlo dentro de un mes para comprobar sus progresos. De lo contrario tendremos que retirarte la tutela.
Halli quedó preocupado. El náufrago tenía algún tipo de poder incontrolado y él debía velar para que permaneciera incontrolado y también para que Einar no aprendiera a hablar ni hiciera más progresos. Sólo así podría aprovecharse de su magia y hacerla pasar como propia.
Pero no sabía cómo hacerlo. Si el viejo no aprendía a hablar el consejo le retiraría la tutela, y otro en su lugar le enseñaría y revelaría a todos sus trucos y falsedades. Halli regresaría al último escalón de la categoría de los magos y no podría soportar la vergüenza. Pero si Einar aprendía a hablar, se emanciparía y podría contarlo todo.
Entonces se le ocurrió algo realmente brillante y perverso.
—Hijo mío —le dijo—, no sé quién eres, pero me he decidido a ayudarte y te voy a enseñar a hablar. Todos los días de la próxima lunación los dedicaremos a que aprendas nuestra bella lengua.
Y para demostrar que su incapacidad de aprender era debida a alguna deficiencia y no a la culpa del maestro, le enseñó un vocabulario por completo trastocado, donde «luna» significaba «perro», «arco» significaba «manzana» y así sucesivamente. De este siniestro modo alteró todas las palabras del idioma y confundió a Einar de tal manera que al poco tiempo éste hablaba la jerga propia de un loco.
Al cabo de un mes, según había quedado dicho, Einar hubo de ser presentado en la Casa del Humo y la Palabra. Los dos emprendieron muy temprano el camino de la aldea y, una vez allí, se personaron ante los hombres ancianos y sabios y Halli solicitó el uso de la palabra:
—El extranjero quiere mostrar su agradecimiento por haber sido acogido favorablemente en nuestra comunidad —anunció satisfecho.
Einar, efectivamente, se adelantó y, atropelladamente, dijo con sus acostumbrados sonidos guturales:
—Escarameo archidoncio ordentucio.
Los viejos no reaccionaron y se miraron unos a otros con desconcierto.
—Por favor, habla más claro —dijo Halli.
Einar, por tanto, añadió, a modo de explicación:
—Es por vuestro marítimo alcornoque, por tanta hierba nostálgica. Por los nudos de tantos cangrejos verdes.
Un viejo se agitó entonces y gritó:
—¡Albricias! ¿Acaso has hecho de él un poeta?
—No —contestó Halli felizmente—: Está loco.
—Estoy encargado por haber movilizado vuestro vigoroso bigote con mis rasposas almejas —terció Einar.
—Sí, está loco —admitió un anciano, y los demás asintieron con un murmullo de aprobación.
Halli no cabía en sí de gozo. Aquello era su consagración y quiso regodearse:
—Hombre, di algo para despedirte.
—No tengo menos que escarbar. Quedo a vuestro encinar tercamente recogido y si recabáis algún tocino no dudéis en bañaros en follaje... —y añadió, a modo de remate—: ¡Trapimendas Landrucurvas!
—Gracias, gracias —murmuraron todos a coro, e hicieron señas indicando que el examen había terminado.
Entonces alzó la voz el sufrido Barni, y dijo gravemente:
—Halli el mago, aunque este hombre es un inútil y sin duda una carga para ti, los hombres ancianos y sabios te piden que te quedes con él algún tiempo más, hasta que podamos decidir su destino.
Halli, después de una teatral tosecita, descompuso un poco el gesto y dijo en tono declamatorio:
—Venerables autoridades: ved a este pobre hombre... Necesita a un amigo, a un padre. No puede valerse por sí mismo, pues seguramente su cabeza fue golpeada por la coz de una cabra el día de su nacimiento. Pero me he encariñado con él y os pido que me permitáis liberar a la comunidad de esta carga empleándolo a mi servicio. Conmigo no le faltarán comida y calor, y me ayudará marchando al monte a coger hierbas y haciendo para mí otros encargos menores, lo único al alcance de su despreciable intelecto.
—¡Cuánta generosidad! —exclamó Barni con auténtico alivio—. En verdad te concederemos lo que pides con mucho gusto. Ve en paz y da cobijo a este infeliz.
Halli el mago saludó por última vez y se marchó muy alegre, seguido de cerca por el hombre. En el poblado, según la costumbre brien, comenzaba a escucharse la música de innumerables instrumentos de viento. Así, haciendo música, rezaban los brien todos los días en la hora del crepúsculo, porque de esta manera creían contribuir a la armonía del mundo.
Halli caminaba silenciosa y ansiosamente, rumiando sus planes. Pero cuando estaban a mitad del camino, el tranquilo Einar se dirigió a él:
—Halli.
—¿Qué quieres pupilo? —preguntó el mago, extrañado porque el extranjero no solía pronunciar su nombre.
Einar carraspeó y luego preguntó en perfecto y fluido brien:
—¿Por qué me has hecho hablar así delante de los ancianos? ¿Es que el idioma que me has enseñado es algún lenguaje sagrado?
Halli se quedó inmóvil, como si un invisible poder lo comprimiese contra el suelo. Dejó caer la vara en que se apoyaba y miró al anciano Einar con ojos muy abiertos.
—¡Por los pozos sagrados! ¡Si puedes hablar! ¡Puedes entender! ¿Cómo has ligado esas palabras?
—Jen-Karamai me ha enseñado —replicó Einar sencillamente.
—Entonces... entonces, ¿por qué aprendiste el idioma que yo te...?
El viejo respondió con una exasperante naturalidad.
—Tenías tanto interés... Me daba pena por ti. Has sido amable conmigo, me has cuidado... ¿por qué no iba a complacerte?
Halli, cuya irritación iba creciendo, chilló:
—¿Y por qué no me has hablado antes correctamente?
Einar, con un gesto de abulia, respondió:
—Porque te dirigías a mí como un retrasado. Nunca me has preguntado nada.
Halli cogió su báculo y, para exteriorizar su rabia, lo partió en dos con la rodilla. Después bramó dos o tres blasfemias y entonces gritó:
—Bien, ya que puedes hablar, dime ahora mismo quién eres tú.
—¡Por la ciudad de las hadas! ¡Yo también quiero saberlo! —respondió Einar.
El pobre Halli, cuando vio que el viejo remedaba sus juramentos, fue presa de un ataque de histerismo:
—¡Desaparece de mi vista! —gritó— Corre al monte y trae albahaca en abundancia... Y no converses con nadie... ¡Nadie debe saber que puedes hablar! ¿Podrás complacerme en esto?
Einar, el indolente e inexpresivo Einar, esbozó de nuevo un cansado encogimiento de hombros y se marchó. Halli el mago se refugió en su cueva de Hertedaun dispuesto a trazar un nuevo plan, porque el viejo era más listo de lo que pensaba.
Halli se quedó esperando al viejo todo el día y toda la noche, pero no volvió. Entonces temió una traición, se asustó y corrió a Tresmares.
Llegó al poblado bien entrada la noche, levantando los brazos y dando grandes chillidos.
—Favor, favor... ¡El extranjero ha enloquecido!
—¿Qué te sucede, Halli? —le preguntaron.
—¡El anciano que vino del mar, el que me servía como asistente, ha sido presa de un ataque de nervios y anda por los montes corriendo y chillando de forma semejante a un loco...! ¡No creáis sus palabras, pues me aseguró que vendría aquí para calumniarme!
—Pero Halli, si ese hombre es incapaz de expresarse ¿Cómo podría calumniarte?
—En... en su torbellino de locura —trastabilló Halli— acierta a decir frases que parecen coherentes.
—Tranquilízate, no ha venido por aquí.
Halli se quedó muy quieto y su frente se surcó de profundas y pesadas arrugas.
—Entonces... entonces... ¿A dónde se ha marchado? —murmuró como para sí, echando una ojeada a la oscura montaña.